En el mundo digital, en las redes sociales, se pueden encontrar centenares de análisis tácticos sobre cada futbolista, partido, equipo o competición. Regularmente se desarrollan en estos informes conceptos como superioridades, terceros y cuartos hombres, bloques bajos, medios y altos, transiciones.
Todo suma, todo cuenta. Sin embargo, un plano, un momento de la semifinal en la que Argentina eliminó agónicamente a Inglaterra del Mundial, muestra que casi siempre las emociones pesan más que los patrones tácticos y las formas geométricas de los conjuntos.
Casi 72 minutos de partido y la cámara revela un triple cambio. De Paul, Otamendi y Montiel a la cancha; Giuliano, Lisandro y Molina afuera. Es lo que un futbolero llamaría “cambio por cambio”, pero no una sino tres veces.
Scaloni había comenzado su labor en el partido algunos días atrás apelando al discurso de “es solo un partido de fútbol”, probablemente con el fin de que el nerviosismo tan natural como necesario (en medidas justas) no se adueñara del equipo y de los jugadores.
Por supuesto que no era solo un partido de fútbol. De hecho nunca lo es. Menos en una semifinal del Mundo. Y menos en un Argentina-Inglaterra.

¿Qué hubiera pasado si el entrenador de Argentina se acoplaba al relato de jugar por la historia? Es contrafáctico, pero probablemente el desempeño del equipo, sobre todo en el buen primer tiempo que hizo, se hubiese dado de una manera muy distinta. Las faltas que fueron efectivas podrían haber sido fatales. Los pases que dieron seguridad podrían haber sido pérdidas elementales. Un clásico es un clásico, el futbolista lo sabe, lo siente, y debe administrarlo.
Si el impacto del controversial cambio González por Paredes había sido objetivamente positivo, el triple “cambio por cambio” parece ser la llave. De Paul empuja con resto físico y verticalidad, Montiel aporta con amplitud y agresividad en ataque, Otamendi se muestra decidido a empatar el partido inclusive ingresando al área rival para cabecear.
Scaloni no acertó ni una ni tres decisiones, acertó cinco. En el minuto 81 entra Lautaro Martínez. Afuera Tagliafico, González al lateral y todos a los botes. Lautaro no entra para empatar el partido, entra para ganarlo, diez minutos después.
Casi nunca no hay táctica, pero siempre hay emocionalidad. Si el fútbol se compone de cuatro factores (técnico, táctico, físico y psicológico-emocional), Argentina podía perder o empatar en tres, pero ganaba en el más importante.
Si el partido llegaba encendido a los minutos finales, el arco de Pickford iba a tener que resistir de manera milagrosa para no caer. Lo hizo durante algunos minutos, pero después cedió.
No son superhumanos, no se juega en una computadora ni en una pizarra. Argentina encontró, casi sin planificarlo, la identidad más pura y encantadora que se haya visto en un equipo de fútbol. La táctica, la técnica (excelsa) y lo poco de físico que quedaba (temporada agotadora) acompañaron durante todo este Mundial a la mayor virtud de la Selección Argentina: una potencia emocional inmensa.
