La siguiente es la historia de un hecho probado científicamente, que debería ser un escándalo nacional por el peligro que conlleva para las personas expuestas, pero que está convenientemente silenciado, al punto que cuesta imaginar que sea cierto: uno de los principales ríos de Córdoba –Ctalamochita– está contaminado con un efluente radiactivo proveniente de la Central Nuclear Embalse. Más preciso: presenta una de las mayores concentraciones de tritio del mundo.

El tritio, según los manuales de la energía nuclear, es un isótopo radiactivo del hidrógeno que tiene la perturbadora particularidad de hacer que el agua, la sustancia más presente en los seres vivos, se vuelva radiactiva. Pasemos en limpio: parte de la población de Córdoba consume agua radiactiva. Una vez que el tritio ingresa al organismo de la persona, la radiación beta puede dañar las células y aumentar el riesgo de, por ejemplo, desarrollar cáncer y malformaciones congénitas.

“La energía nuclear tiene un poder de lobby muy grande, más que el de los agroquímicos. Nadie habla del tritio, pero es mucho peor que el glifosato”, resalta Cristian Basualdo, periodista y miembro del Movimiento Antinuclear de la República Argentina (MARA) y de la Asamblea en Defensa del Bosque Nativo Calamuchita.

Cristian Basualdo.

Hace años que Basualdo, junto a la integrante de la Red Argentina de Periodismo Científico, Silvana Buján, vienen prestando atención a los monitoreos radiológicos que realizan tanto la empresa estatal Nucleoeléctrica, a cargo de la operación de la Central Nuclear Embalse, como la Autoridad Regulatoria Nuclear. Así fueron comprobando que los índices de tritio en la cuenca del río Ctalamochita, donde la Central Nuclear realiza sus descargas, eran peligrosamente elevados. Sin embargo, aún faltaba conocer el nivel de tritio ligado biológicamente a la especie representativa de la zona: la tararira.

Ese análisis no se realiza en la Argentina, así que lo solicitaron a la Comisión de Investigación e Información Independientes sobre la Radiactividad, de Francia. «Lo pudimos hacer porque fueron los propios franceses a través de la red Sortir du Nucléaire (Salir de la Energía Nuclear) los que lo financiaron –explica Basualdo–. Costó unos 800 euros y se realizó en un laboratorio del Reino Unido”.

El resultado, en pura jerga técnica, arrojó 154 bequerelios (unidad de medida para la presencia de material radiactivo) por litro de “agua de combustión” (la forma utilizada para detectar tritio ligado orgánicamente) en los peces. Dicho así no significa nada, pero todo se entiende al aclarar que se trata de un valor 70 veces superior al nivel natural típico. Además, se detectó carbono-14, el isótopo radiactivo del carbono que, como ocurre con el tritio, se incorpora a moléculas orgánicas en plantas y animales. En este caso su valor es casi un 50 por ciento superior al nivel natural promedio.

Luego de la publicación del informe, el gerente de la Central Nuclear Embalse, ingeniero Juan Cantarelli, aseguró que los valores difundidos son “insignificantes” y agregó que “la presencia del tritio en la zona debido a la actividad nuclear no afecta de ninguna forma la salud, ni de la vida silvestre ni de la vida humana”.

La comunidad científica, en cambio, no está tan segura. El argentino Abel González es el único experto de América Latina que integra la “Task Force” que asesoró a la Secretaría del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA) en la confección del informe sobre el vertido al océano de aguas residuales de la tristemente célebre planta nuclear de Fukushima en Japón. “Una cosa que seguramente va a disparar esto –dijo González en referencia al procedimiento– es conocer un poco más de la protección contra el tritio, de la cual sabemos bastante poco”.

Dilema

Buján es autora del libro “Energía Nuclear. Una historia de engaños, ocultamiento y abandono”. Allí escribe: “La mayor proporción (de tritio) en la biósfera proviene de las emisiones de la industria nuclear. Se genera en la mayoría de los reactores nucleares, y las emisiones más elevadas provienen de reactores de agua pesada como el de Embalse, y se difunde al ambiente, llegando a los cuerpos de agua superficiales que conforman la cuenca alta del río Ctalamochita y a los alimentos producidos en la zona”. También destaca que fue la propia Nucleoeléctrica la que detectó tritio hasta en el agua de lluvia.

Su compinche Basualdo aporta: “Las centrales nucleares se presentan como un producto sofisticado de la tecnología, pero comienza con una actividad extractiva como es la minería de uranio con un impacto ambiental enorme. Los reactores se pueden ir, pero los residuos radiactivos quedan. Y eso es un dilema ético intergeneracional”.

Valores por encima de los aptos para la OMS

La Central Nuclear Embalse es, en orden cronológico, la segunda que se construyó en nuestro país. Se encuentra en la costa sur del Embalse de Río Tercero, en Córdoba, y es del tipo CANDU (CANadian Uranium Deuterium). Utiliza como combustible el uranio natural y su refrigerante y moderador es el agua pesada. Como parte del proceso, la central descarga a diario cantidades industriales de tritio sobre la cuenca del río Ctalamochita.

En 2018 Nucleoeléctrica reveló la presencia de 23.456 bequerelios por litro de agua en el canal de descarga de la Central Nuclear Embalse, cifra que supera ampliamente los 10.000 bequerelios aceptados para el agua potable por la Organización Mundial de la Salud (OMS). En la localidad de Embalse, por ejemplo, el agua tritiada sale de las canillas evidenciando el consumo de la población. Una vez ingerida, impregna el cuerpo. Lo mismo ocurre con las plantas y los animales.