Hay un plan de los Estados Unidos para las Américas que tiene nombre propio, mapa, doctrina y cronograma, y que sin embargo casi no se discutió en la Argentina. Se llama “Gran Norteamérica” (Greater North America), lo presentó el secretario de Guerra Pete Hegseth, y redefine de un plumazo la soberanía de más de una docena de países. La prensa argentina apenas lo registró —salvo contadas excepciones— y la dirigencia política directamente lo ignoró. Este artículo se propone explicar, con la mayor claridad posible y con las palabras textuales de sus propios autores, de qué se trata: porque no se puede enfrentar lo que no se comprende, y porque lo que está en juego es, ni más ni menos, una histórica aspiración que la “Gran Norteamérica” viene a clausurar: la Patria Grande.

Qué es la “Gran Norteamérica”

El 5 de marzo de 2026, en la sede del Comando Sur en Doral, ante los ministros de Defensa de diecisiete países —el de Argentina incluido—, Hegseth anunció que el presidente Trump había trazado un nuevo mapa estratégico. Según sus palabras, ese mapa se extiende “de Groenlandia al Golfo de América, al Canal de Panamá” y abarca a todos los países y territorios soberanos ubicados al norte de la línea del Ecuador. El criterio es tan simple como prepotente: todo ese arco —de Groenlandia a Ecuador, de Alaska a Guyana— pasa a ser, en su definición textual, el “perímetro de seguridad inmediato” de los Estados Unidos.

La definición abarca, además de Estados Unidos, a Canadá, México, toda Centroamérica, todo el Caribe, Colombia, Venezuela, Ecuador y Guyana, hasta Groenlandia. Hegseth lo justificó con un argumento pseudo-geográfico: todos esos países limitan con el Atlántico Norte o el Pacífico Norte y se ubican al norte de las dos grandes barreras naturales de la región, la Amazonía y la cordillera de los Andes. Y le agregó un sello identitario-religioso: sostuvo que la región debía permanecer como un conjunto de “naciones cristianas bajo Dios” frente a lo que ellos denominan “narco-comunismo radical”.

Corresponde detenerse en una frase, porque no es una interpretación de terceros sino una definición del propio Hegseth. Dijo, textualmente, que todas esas naciones “no son parte del Sur Global”: son “nuestro perímetro de seguridad inmediato”. Usualmente, se utiliza el concepto “Sur Global” para designar al conjunto de naciones históricamente oprimidas, de pasado colonial, que concentran cerca del 85% de la población mundial, incluyendo a China y la India. “Sur Global” implica una diferenciación del “Norte Global”, que incluye a los Estados imperialistas. Que Washington decida, de manera unilateral, que más de una docena de países latinoamericanos y caribeños “dejan de ser” parte de ese conglomerado de países no es un gesto cartográfico: es el intento de subordinarlos unilateralmente a un imperialismo en decadencia.

La “Gran Norteamérica” contra la Patria Grande
El secretario de Guerra Pete Hegseth en acción.

De la Doctrina Monroe a la “Donroe”

Nada de esto cae del cielo. La “Gran Norteamérica” es la cara militar de una doctrina que la Casa Blanca oficializó en su Estrategia de Seguridad Nacional del 4 de diciembre de 2025: la reactivación de la Doctrina Monroe de 1823 —“América para los americanos”, que en los hechos siempre significó América para los estadounidenses— bajo la forma de un “Corolario Trump” que el propio presidente bautizó, tras el secuestro de Maduro, “Doctrina Donroe”. Es la actualización del Corolario Roosevelt de 1904, que se arrogaba un “poder de policía internacional” para intervenir militarmente en la región. Mantiene su unilateralismo, pero cambia los pretextos: ahora el enemigo serían los cárteles —reclasificados como organizaciones terroristas—, el crimen organizado y la migración. El asesor Stephen Miller lo dijo sin vueltas: a los cárteles hay que tratarlos como a Al Qaeda o ISIS. Con este argumento justifican intervenir militarmente de forma unilateral en los territorios soberanos de los Estados-nación que forman parte de nuestra región.

El espejo de la “Gran Israel”

El plan invita a una comparación que hay que tomar en serio: la de la “Gran Israel”. La “Gran Israel” (Eretz Israel HaShlemá) es el proyecto que reclama para el Estado de Israel un territorio que, en su versión máxima, se extiende “del Nilo al Éufrates” —fundado en un versículo del Génesis— y abarca, además de Palestina, partes del Líbano, Siria, Jordania y Egipto. Hace tiempo que dejó de ser un planteo marginal: en agosto de 2025, en una entrevista con el canal israelí i24, el propio Netanyahu se declaró “muy” conectado con esa visión y la definió como una “misión histórica y espiritual”, según reportó The Times of Israel, lo que provocó la condena de Jordania, Egipto y la Liga Árabe por amenazar la soberanía de los Estados vecinos. La propia prensa israelí lo dice sin eufemismos: para el bloque mesiánico que hoy gobierna Israel, advirtió Haaretz, la guerra se concibe como “una herramienta divina” para realizar esa “Gran Israel”.

¿Por qué poner ese proyecto al lado de la “Gran Norteamérica”? Por tres puntos de contacto verificables. El primero es el fundamento: ambos invocan un mandato trascendente para justificar la expansión territorial. La “Gran Israel” se apoya en la promesa bíblica; la “Gran Norteamérica” es heredera del “Destino Manifiesto” del siglo XIX, la creencia en una misión providencial que justificó la conquista de la mitad de México y, más tarde, las intervenciones sobre Cuba, Puerto Rico, Haití, República Dominicana y el Canal de Panamá.

¿Y quién le pone el contenido teológico a esa cruzada? El secretario de Guerra es miembro de la CREC (Comunión de Iglesias Evangélicas Reformadas), conducida por el pastor Doug Wilson, a quien Hegseth invitó en febrero de 2026 a dirigir el servicio de oración mensual del Pentágono y elogió por “la verdad que dijiste” y “la valentía de ser audaz”. Wilson no es un predicador cualquiera: es una de las voces del reconstruccionismo cristiano, la corriente que aspira a refundar a los Estados Unidos —y al mundo— como una confederación de teocracias patriarcales regidas por la ley bíblica. Se define a sí mismo como “paleo-confederado”; en su libro Southern Slavery, As It Was (1996) describió la esclavitud del Sur como una relación de “afecto mutuo” y sostuvo que los esclavistas cristianos pisaban “terreno bíblico firme”; su iglesia postula que las mujeres no deberían votar.

El segundo punto es el método: ambos redefinen de manera unilateral un “perímetro de seguridad” que subordina la soberanía de los vecinos. Israel lo hace mediante la ocupación y los hechos consumados; la “Gran Norteamérica”, declarando “perímetro de seguridad inmediato” de los Estados Unidos a todo el arco que va de Groenlandia a Ecuador.

El tercero es el sujeto: a los dos proyectos los impulsa la alianza de ultraderecha establecida por Trump y Netanyahu, en el mismo momento, unidos por un híbrido teológico-político con nombre propio y con dirigentes que lo reivindican abiertamente: el sionismo cristiano. Es la corriente —mayoritariamente evangélica— que sostiene que la Biblia ordena a los cristianos apoyar al Estado de Israel y la expansión de sus fronteras bíblicas, y que se volvió uno de los pilares de la coalición de Trump. Su principal organización, Christians United for Israel (CUFI), fundada por el pastor John Hagee, dice tener más de 10 millones de miembros; un asesor de Netanyahu, Ron Dermer, llegó a llamarlos “la columna vertebral” del apoyo a Israel en los Estados Unidos.

Y sus vínculos con ambos gobiernos son de hecho, no de discurso. Cuando Trump mudó la embajada estadounidense a Jerusalén en 2018 —una decisión que él mismo admitió haber tomado “para los evangélicos” —, las plegarias de la ceremonia las pronunciaron dos pastores sionistas cristianos, Hagee y Robert Jeffress. En las cumbres anuales de CUFI desfilaron el propio Netanyahu junto a lo más alto del primer gobierno de Trump: el vicepresidente Mike Pence, el secretario de Estado Mike Pompeo y el asesor de seguridad John Bolton. Y hoy el embajador de los Estados Unidos en Israel es Mike Huckabee, uno de los rostros más visibles del movimiento —el mismo que avaló tomar “todo” el territorio del Nilo al Éufrates —, mientras al propio Hegseth se lo cuenta en esas filas.

La “Gran Norteamérica” y la “Gran Israel” no son dos planes parecidos por casualidad: para esta cosmovisión, las expansiones de Israel y de los Estados Unidos son dos caras de un mismo designio providencial; son dos frentes de una misma ofensiva.

La “Gran Norteamérica” contra la Patria Grande
Pete Hegseth y tropas norteamericanas.

Arriba y abajo del Ecuador: dos zonas, un solo amo

El corazón del plan de Hegseth y Trump es partir el continente en dos a la altura del Ecuador y asignarle a cada mitad un rol distinto. Hegseth fue explícito. Al norte, dijo, los Estados Unidos “deben reforzar su postura y su presencia” en cooperación con sus “socios soberanos” para defender ese perímetro inmediato. Ese vasto arco, de Groenlandia a Ecuador, queda convertido de hecho en el núcleo de seguridad que Washington administra por sí mismo.

Al sur del Ecuador, en cambio, la lógica es otra. Ahí Hegseth no habla de control directo sino de “reparto de cargas” (burden sharing). Sus palabras, otra vez, son elocuentes: pidió que los países del sur “asuman un rol mayor en la defensa del Atlántico Sur y el Pacífico Sur y en asegurar infraestructura crítica y recursos, en sociedad con nosotros y otras naciones occidentales”. Traducido del eufemismo militar: la Argentina, Brasil, Chile, Paraguay, Uruguay, Perú y Bolivia quedan como retaguardia, con una doble función —garantizar el suministro de recursos naturales y custodiar, con sus propias fuerzas y su propio presupuesto, el Atlántico Sur y el Pacífico Sur— para que los Estados Unidos se concentren en el núcleo de la “Gran Norteamérica” y en sus guerras en otras regiones. Somos, en este esquema, gendarmes subcontratados del imperio en nuestro propio mar.

Y hay que decirlo con todas las letras, porque el eufemismo del “reparto de cargas” lo esconde: ese “rol mayor” no significa más soberanía sobre nuestro mar, sino menos. La “responsabilidad” que se nos asigna se ejerce bajo conducción del Pentágono y de su Comando Sur, no por decisión soberana argentina. Ponemos las naves, los puertos, las personas y el presupuesto; Washington conserva el mando, la doctrina, los objetivos y el control de la tecnología y la información. No es administración soberana del territorio: es subordinación operativa disfrazada de protagonismo.

La “Gran Norteamérica” contra la Patria Grande
El Canal de Panamá.

El interés de fondo: los recursos y las vías navegables de nuestra región

Detrás de este plan hay una clara motivación económica, centrada en los recursos naturales y las vías navegables de las Américas. La especialista en minerales críticos del CSIS Gracelin Baskaran lo declaró, sin rodeos, ante Foreign Policy: “Cuando uno mira las decisiones de política exterior de los primeros 30 días: ¿Canadá? Rico en recursos. ¿Groenlandia? Rica en recursos. ¿Ucrania? Rica en recursos. ¿El Canal de Panamá? Vital para mover recursos”. El mapa estratégico de la “Gran Norteamérica” coincide, punto por punto, con un mapa de recursos: las tierras raras de Groenlandia, el cobre de Panamá —uno de los mayores yacimientos del mundo—, el petróleo de Venezuela, las rutas del Canal.

Y el Cono Sur no queda afuera de esa codicia: lo aclara su lugar en el “reparto de cargas”. El triángulo del litio que forman la Argentina, Bolivia y Chile concentra cerca del 60% de los recursos mundiales de ese metal, decisivo para las baterías y la transición energética. Desde enero de 2025, los Estados Unidos volcaron más de mil millones de dólares en proyectos de minerales críticos en América Latina, para asegurarse litio, cobre y tierras raras en plena disputa con China, que hoy controla entre el 40% y el 90% de la capacidad mundial de procesamiento de esos materiales. La “Gran Norteamérica” es la traducción militar de esa disputa: el dispositivo para asegurarse el litio, el agua, los hidrocarburos y las rutas de toda la región.

La Patria Grande: de zona de paz a teatro de guerra

Para medir la gravedad de todo esto hace falta nombrar lo que la “Gran Norteamérica” viene a destruir: la Patria Grande. La idea de una América Latina unida tiene un largo recorrido histórico. Fue el planteo de San Martín y de Bolívar: este último, en el Congreso de Panamá de 1826, intentó confederar a las repúblicas recién liberadas. Fue la advertencia de José Martí, que en 1891, en “Nuestra América”, distinguió a la América mestiza y soberana de la otra, expansiva, que la acechaba desde el norte. Y fue, con ese nombre preciso, la bandera del escritor y militante socialista argentino Manuel Ugarte, que a comienzos del siglo XX recorrió el continente alertando sobre “el peligro yanqui” y llamando a defender la “Patria Grande”. Ya entrado el siglo, el trotskismo de liberación nacional se planteó integrar la pelea por la unidad continental a la lucha revolucionaria: Liborio Justo, que en 1936 interrumpió un discurso del presidente Roosevelt en Buenos Aires al grito de “¡Abajo el imperialismo yanqui!”, planteó que la verdadera integración latinoamericana debía ser socialista y antiimperialista, y bautizó “Andesia” a la nación continental que debía nacer de la revolución —idea que desarrollaría en su libro Andesia—. Ya lo decía el título de su obra programática: Estrategia Revolucionaria. Lucha por la unidad y por la liberación nacional y social de la América Latina.

Esa tradición tuvo expresiones recientes. En enero de 2014, en La Habana, 33 países de la región proclamaron a América Latina y el Caribe como “Zona de Paz”, comprometiéndose a desterrar para siempre el uso y la amenaza de la fuerza, a respetar la no intervención y a resolver sus diferencias por la vía pacífica. No fue un gesto vacío: junto con el Tratado de Tlatelolco —que en 1967 hizo de la región la primera del mundo libre de armas nucleares—, esa proclama condensó décadas de lucha por una América Latina sin ejércitos extranjeros, sin tutela imperial y sin guerra.

La “Gran Norteamérica” es, punto por punto, la negación de todo eso. Donde la Patria Grande propone unidad, Hegseth propone partición: divide el continente en dos a la altura del Ecuador y fractura lo que quedaba de la UNASUR y la CELAC. Donde la Patria Grande propone soberanía, él impone subordinación: nos asigna el papel de proveedores de recursos y de gendarmes de retaguardia. Donde la región se proclamó zona de paz, él trae la militarización: la IV Flota en nuestro mar, las bases, los ejercicios, las tropas extranjeras. Y donde había paz, instala el riesgo de la guerra: el ataque a Venezuela, la captura de un presidente, los ejercicios que ensayan “recuperar” el Canal de Panamá, las amenazas contra Cuba. En una frase: vienen a convertir la zona de paz de la Patria Grande en el teatro de operaciones militares de la “Gran Norteamérica”.

La “Gran Norteamérica” contra la Patria Grande
El Mar Argentino en la mira.

Qué implica para la Argentina: el Mar Argentino en la mira

Si la Argentina queda asignada al “reparto de cargas” del Atlántico Sur, el primer paso concreto ya está dado. El 18 de mayo, la Embajada de los Estados Unidos anunció el “Protecting Global Commons Program” para “fortalecer la seguridad marítima en el Atlántico Sur”. La Carta de Intención se firmó en la Base Aeronaval Comandante Espora —por el almirante Juan Carlos Romay, por la Armada Argentina, y el contraalmirante Sardiello, por las Fuerzas Navales del Comando Sur y la IV Flota— y encuadra durante cinco años nuestra vigilancia marítima dentro de un programa estadounidense.

Hay dos cosas gravísimas ahí. La primera: que sean la Embajada y el Comando Sur —y no el Ministerio de Defensa argentino— quienes anuncien qué se hace en el Mar Argentino. La segunda, todavía peor: el acuerdo encuadra como “bien común global” a espacios marítimos sobre los que la Argentina ejerce soberanía o mantiene reclamos, como el entorno de las Islas Malvinas. Se trata de una clara cesión de soberanía.

El pretexto es la pesca ilegal. Cada temporada, cerca de 500 buques extranjeros se concentran sobre la “milla 201”, el borde exterior de nuestra Zona Económica Exclusiva, donde la pesca no está regulada. El problema es real, pero la “solución” que se firmó es de otra naturaleza: la Armada acordó con la Cuarta Flota de los Estados Unidos “limitar el avance de la flota china”. Y acá está la trampa, que advirtió hasta la prensa especializada del sector pesquero: se habilitó por cinco años la vigilancia conjunta con la Cuarta Flota dentro del Mar Argentino usando la milla 201 “como excusa”, cuando el monitoreo de nuestra ZEE ya funciona y el problema de la pesca en aguas internacionales no tiene solución militar, sino diplomática. El Atlántico Sur, las Malvinas y la Antártida —con su pesca, sus hidrocarburos, su agua y su proyección estratégica— son, no por casualidad, exactamente el tipo de “recursos críticos” que la “Gran Norteamérica” manda asegurar.

Daga Atlántica, PASSEX y Panamax: la maquinaria ya está en marcha

Quien crea que todo esto es una amenaza futura, que mire lo que ya pasó. El Poder Ejecutivo autorizó, por el Decreto de Necesidad y Urgencia 264/2026 y sin pasar por el Congreso, el ingreso de tropas extranjeras para el ejercicio Daga Atlántica 2026: 42 días, 400 efectivos, conducido del lado estadounidense por el Comando de Operaciones Especiales Sur (SOCSOUTH). En la demostración final, según informó Infobae, se entrenó el rescate de un rehén “en el marco de un escenario hipotético en el que se tiene que recuperar el control del canal de Panamá”. Que tropas argentinas ensayen, bajo estándares de la OTAN, “recuperar” el Canal —uno de los nodos centrales de la “Gran Norteamérica”— dice todo sobre el rol que se nos asigna.

No fue un ejercicio aislado. Entre el 26 y el 30 de abril, el ejercicio PASSEX llevó al portaaviones USS Nimitz y al destructor USS Gridley a navegar nuestra Zona Económica Exclusiva. Y la proyección es Panamax 2026, a fin de año en Panamá, donde el Comando Conjunto de Operaciones Especiales argentino conducirá el componente de fuerzas especiales junto a Estados Unidos, Panamá, Colombia, Perú, Ecuador, Belice y República Dominicana. Del Mar Argentino al Canal de Panamá, las Fuerzas Armadas de Argentina quedan integradas, bajo conducción estadounidense, al engranaje del perímetro imperial de EEUU.

La “Gran Norteamérica” contra la Patria Grande

Milei, una pieza del plan; la respuesta debe ser continental

Milei se ha transformado en un engranaje digitado desde el trumpismo, que cumple su función dentro de la “Gran Norteamérica”. Por eso firmó, junto a Bukele, Peña y Noboa, la Carta del Doral del “Escudo de las Américas”: son los socios regionales de un mismo proyecto de subordinación.

Desde esa comprensión venimos impulsando el juicio político a Milei, que no es ni puede ser un asunto puramente argentino. El primer proyecto lo presenté el 6 de febrero de 2026; lo fuimos ampliando con cada nuevo hecho —la guerra contra Irán, el Escudo de las Américas, los ejercicios Daga Atlántica y PASSEX sin aprobación del Congreso—, hasta la última ampliación, centrada en la entrega de la vigilancia del Mar Argentino a la IV Flota, sumada a un pedido de informes por Daga Atlántica. Pero la acción legislativa, necesaria, no alcanza por sí sola: el juicio político a Milei es parte de una misma pelea continental por la renuncia de los presidentes que integran el Escudo de las Américas.

Y esa pelea tiene desafíos políticos inmediatos.

En Perú, el balotaje del 7 de junio entre Roberto Sánchez y Keiko Fujimori sigue sin definición. Durante los primeros días el recuento favorecía a Sánchez, y la ventaja recién se dio vuelta cuando se incorporaron los votos del exterior —Estados Unidos y Japón—. Sánchez denuncia fraude y anticipó que no reconocerá el resultado. Su partido reclamó la anulación de 1.751 mesas en Lima —donde alega «patrones de repetición exacta» a favor de Fujimori— y presentó un amparo para excluir cerca de 300.000 votos del exterior; además, convocó a una movilización en defensa del voto.

En Colombia, este domingo 21 de junio se define la presidencia entre Iván Cepeda y el ultraderechista Abelardo de la Espriella, a quien Trump y Milei ya felicitaron. En Brasil, Lula confirmó su candidatura a un cuarto mandato para las elecciones presidenciales de octubre. Y en el corazón del imperialismo yanqui, el movimiento “No Kings” sacó a millones a las calles contra un Trump cuya aprobación cayó por debajo del 40% y que en noviembre enfrenta legislativas en las que puede perder las dos cámaras. A eso se suma la rebelión popular en Bolivia.

La lucha por el triunfo electoral de las fuerzas políticas que se niegan a subordinarse ante Trump y la rebelión popular en Bolivia contra un gobierno del “Escudo de las Américas” son el reverso del plan de la “Gran Norteamérica”. Es la Patria Grande que se niega a desaparecer. Las movilizaciones en EEUU y el esfuerzo militante por la derrota de Trump en las legislativas de medio término muestran que los trabajadores y el pueblo estadounidenses están dando la pelea en el corazón del imperialismo, y merecen toda la solidaridad por parte de los pueblos latinoamericanos.

Este artículo termina con una constatación y una invitación. La constatación: lo que está en marcha sobre las Américas es mucho más grave —y mucho más avanzado— de lo que el debate público argentino registra. La invitación: que ese debate adquiera la centralidad que corresponde. Comprender qué es la “Gran Norteamérica” es la primera condición para poder enfrentarla, y para defender a nuestra Patria Grande.