Bienvenidos a este newsletter de Tiempo. Estas cartas del Mundial, Postales del Norte, que intercambiamos junto a Alejandro Wall. Hoy Burgo, que está en Ciudad de México, le escribe a Wall, que ya volvió a Kansas City, a la espera del partido con Suiza.
Como va Wall.
Un amigo español en común, Rodri Suárez -militante del Depor-, reaccionó a un tuit en el que posteé un texto en el que intenté explicar, para un público mayoritariamente por fuera de nuestro país, la épica del sufrimiento del fútbol argentino. Decir que ganamos contra Cabo Verde y Egipto huele a poco: sobrevivimos ante Cabo Verde y Egipto. Y avanzamos. Argentina volvió a demostrar que, a diferencia de otras selecciones, ejerce un instituto de supervivencia único en la especie, como si a veces no perder fuera más importante que ganar. «Ante la ola de argentofobia, yo sigo con ellos. Por la vigencia del fútbol como cultura», respondió Rodrigo desde La Coruña.
Me sorprendió esa palabra. Argentofobia. Lo que menos quiero es subirme al papel de «todos contra Argentina» -aunque sabemos que nuestros jugadores son especialistas en convertir a la bronca como su combustible, y sospecho que estas quejas serán material intravenoso para que se inyecten más fuerza- y demás proclamas victimistas y persecutorias en las que no creo. Pero, a la vez, me cuesta seguir -desde una mirada racional- la acusación inversa: los señalamientos por ayudas arbitrales o dirigenciales que, al menos yo, no he visto.
Siempre hablando de fútbol y siempre generalizando, no es nuevo que los argentinos no somos queridos en la mayoría de los países de América Latina -los mexicanos gritaron los goles de Alemania en la final de 1986, por ejemplo-, pero ahora se le suma un nuevo motivo: ese supuesto favoritismo de la FIFA.

Quejarse del gol anulado a Egipto -que era un golazo- es no entender el fútbol moderno. Lamentablamente, el segundo gol de Maradona a Inglaterra en 1986 también habría sido anulado por el VAR: en la jugada previa, hubo una evidente falta del Checho Batista a un mediocampista inglés para recuperar la pelota. Perdón por traer a River en estos momentos en que sólo importa el Mundial pero el penal que nos cobran en la final contra Belgrano es un penal de cabina, no de campo de juego, aunque eso es lo que rige hoy y por lo tanto estuvo bien cobrado. Haber pedido la expulsión de Messi en el primer partido, ante Argelia, habla más de quien lo dice que de la jugada en sí.
Aunque la estoy pasando hermoso acá en Ciudad de México y cada vez que salgo con mi ropa de Argentina o de River sólo recibo energía positiva, te imaginarás que también estoy rodeado de frases diarias como“partido amañado”, “Mundial entregado a Messi” y “Argenfifa”. Las declaraciones incendiarias de Hosan Hassam, el entrenador de Egipto -cuyo equipo ganaba 2 a 0 en el minuto 79, recordemos-, tuvieron repercusión inmediata: las confabulaciones atraen como imanes y la FIFA no atraviesa justamente una buena semana. Me decía Aucan, un amigo: “Lo entiendo de un adolescente mexicano que quiera tener interacciones, ¿pero de un técnico?”.

Siempre generalizando, en muchos países más que en México -también en varios de Sudámerica y en España o al menos desde el madridismo, donde Messi sigue siendo referencia del Barcelona-, hay algo así como una acusación a Argentina por ser la favorita de Gianni Infantino. Y entonces se repiten frases como “le cobraron no sé cuantos penales en los últimos partidos” y otras supuestas sentencias a favor de Argentina que, obviamente, nadie repetirá si el campeón es Francia, España o Marruecos. También omiten los penales de VAR concedidos a México, como el que recibió contra Inglaterra.
Aunque en los Mundiales siempre es mejor hinchar por los de nuestro barrio, aunque no sean de nuestra familia, entre los fanáticos de Argentina y México se ha creado una rivalidad futbolística en redes que no encuentra asimetrías en el campo de juego, como si nosotros quisiéramos subirnos al mismo ring de los magníficos boxeadores o clavadistas mexicanos. Es una rivalidad, además, que no tiene correspondencia con la vida real, aunque hoy los límites entre la virtualidad y la realidad son cada vez más difusos.
Por supuesto, entiendo perfectamente que resulte irresistible hinchar por Cabo Verde -o el rival más débil de turno, como todos hincharemos por Marruecos ante Francia- pero ya parece cosa juzgada si esa simpatía se extiende a Suiza para el partido del sábado. Tal vez ni los suizos hinchen por Suiza.
Tampoco me hago el distraído de por qué en los Mundiales se grita “América Latina menos Argentina” y no hay mejor forma que recurrir a una viñeta de Fontanarrosa publicada en los 90.
-En la Copa América, siempre jugamos con el público en contra-, le dice un señor a otro, en un bar, tomando un café.
–¿Por qué nos tendrán bronca los peruca, los chilote, los paragua, los brazuca?,- le responde el amigo.
Aceptado eso, esas dosis de argentofobia en el Mundial 2026 conducen indirectamente a una Messifobia, o sea a una futbolfobia. Te dejo, Wall, porque arranca Francia-Marruecos.
Y por cierto ¿Cómo estamos para el sábado?
