La muerte de Sonny Rollins no cierra solamente una biografía monumental. Cierra una era cultural. A los 95 años, el saxofonista tenor que sobrevivió a casi todos sus contemporáneos se llevó consigo un modo de entender el jazz como búsqueda total: física, intelectual, espiritual y callejera. Quedaban músicos enormes, claro, pero Rollins pertenecía a otra especie. Era uno de los últimos artistas vivos capaces de conectar de manera directa con el momento en que el jazz dejó de ser música bailable para convertirse en una forma radical de pensamiento.

Tocó con Charlie Parker, Miles Davis, Thelonious Monk y Max Roach. Conoció la heroína, la cárcel y las crisis nerviosas. Atravesó el bebop, el hard bop, el free y las mutaciones eléctricas de los setenta sin perder jamás una identidad reconocible. Y, sobre todo, construyó una voz. En el jazz eso ocurre muy pocas veces: apenas suenan dos frases y ya se sabe quién está hablando.

Nació en Harlem en 1930, hijo de inmigrantes de las Islas Vírgenes. Theodore Walter Rollins creció en una Nueva York donde el jazz todavía era un idioma cotidiano. Primero estudió piano, después saxo alto y finalmente encontró en el tenor un territorio propio. Escuchaba a Coleman Hawkins, pero también absorbía la velocidad mental de Charlie Parker y el dramatismo del blues urbano. A los veinte años ya grababa con Bud Powell, J.J. Johnson y Monk. No tardó demasiado en convertirse en el músico que todos querían al lado.

El período decisivo llegó en la segunda mitad de los cincuenta. Entre 1955 y 1958 grabó una serie de discos que hoy forman parte del ADN del jazz moderno: Saxophone Colossus, Tenor Madness, Freedom Suite y A Night at the Village Vanguard. Cada uno mostraba algo distinto. En Tenor Madness quedó registrado el único encuentro en estudio entre Rollins y John Coltrane: dos concepciones opuestas del saxofón tenor dialogando y compitiendo al mismo tiempo. Coltrane parecía buscar una salida vertical, espiritual, una especie de ascensión armónica infinita. Rollins, en cambio, improvisaba como un narrador callejero: desarrollaba motivos mínimos, los torcía, se burlaba de ellos y volvía a levantarlos. Era un improvisador lógico y salvaje a la vez.

Murió Sonny Rollins, el último coloso del jazz
Rollins durante el período más explosivo de su carrera, cuando discos como Saxophone Colossus y Freedom Suite cambiaron para siempre el lenguaje del jazz moderno.

En Saxophone Colossus, de 1956, apareció “St. Thomas”, inspirado en melodías caribeñas heredadas de su familia antillana, y también “Blue 7”, una improvisación tan compleja que el compositor Gunther Schuller la analizó como si fuera una obra escrita. Ahí estaba el núcleo de Rollins: la capacidad de convertir una idea simple en un universo entero. Mientras muchos músicos exhibían velocidad o sofisticación armónica, él construía relatos. Sus solos parecían conversaciones interiores dichas en voz alta.

Pero el rasgo más extraordinario de Rollins quizá fue su inconformismo feroz. En 1959, cuando era considerado uno de los mejores saxofonistas vivos, desapareció de la escena. Suspendió conciertos, dejó las grabaciones y pasó más de dos años practicando solo bajo el puente de Williamsburg, en Nueva York, porque sentía que todavía no tocaba como quería tocar. La imagen terminó convertida en leyenda: un genio caminando de madrugada hasta el puente para tocar durante horas sobre el ruido del tránsito y el viento del East River. Detrás de esa postal romántica existía algo mucho más serio: la convicción de que el jazz no podía convertirse en rutina.

Cuando regresó en 1962 con The Bridge, el sonido era distinto. Más abierto, más meditativo, menos explosivo. Rollins entendió que improvisar no significaba tocar más notas sino encontrar una respiración propia. También profundizó allí una de sus decisiones más revolucionarias: tocar en tríos sin piano. Al eliminar el instrumento armónico tradicional, dejaba el saxofón completamente expuesto. Esa sensación de vacío obligaba a inventar nuevas formas de tensión y libertad. Décadas después, saxofonistas como Joe Lovano, Branford Marsalis o Joshua Redman siguieron trabajando sobre esa herencia.

Rollins nunca fue un músico purista. Aunque muchas veces lo ubicaron como guardián de la tradición, en realidad desconfiaba de cualquier comodidad estilística. Grabó discos atravesados por ritmos afrocubanos y caribeños, incorporó elementos funk en los setenta y llegó a tocar con los Rolling Stones. Incluso en sus etapas más irregulares conservó algo esencial: el sonido. Ese tono enorme, rugoso y flexible que podía pasar del humor a la melancolía en un mismo compás.

Murió Sonny Rollins, el último coloso del jazz
Una de sus poco frecuentes apariciones con saxofón soprano, un instrumento que utilizó ocasionalmente fuera de su territorio natural en el tenor.

También fue uno de los primeros grandes jazzistas en pensar la música como disciplina espiritual. Practicó yoga y meditación mucho antes de que esas prácticas fueran absorbidas por la cultura pop occidental. Sus diarios personales, publicados años atrás, revelaron una personalidad llena de dudas, autoexigencia y preguntas filosóficas. Rollins nunca terminó de creerse un maestro. Quizá por eso siguió evolucionando cuando tantos contemporáneos se repetían.

Su relación con el escenario resultó igualmente singular. En vivo podía convertir un standard trivial en una odisea impredecible de media hora. Existía algo atlético y teatral en sus conciertos: el cuerpo entero parecía involucrado en la improvisación. No tocaba el saxofón; peleaba con él. Y aun en sus últimos años, cuando el aire ya no respondía igual, seguía transmitiendo una sensación de riesgo real. Escucharlo significaba asistir al pensamiento trabajando en tiempo presente.

La muerte de Rollins tiene además un peso simbólico difícil de exagerar. Con él desaparece uno de los últimos vínculos directos con la edad dorada del jazz posterior a la Segunda Guerra Mundial. Fue contemporáneo de Parker, Gillespie, Monk, Davis y Coltrane, pero también sobrevivió lo suficiente para ver cómo esa música pasaba de fenómeno popular a patrimonio cultural global. En ese trayecto nunca aceptó quedar reducido a monumento. Incluso retirado desde 2014 por problemas respiratorios, seguía apareciendo como referencia inevitable para nuevas generaciones de músicos.

En una época donde buena parte del jazz contemporáneo parece debatirse entre la corrección académica y la nostalgia, Rollins recordaba otra cosa: improvisar implica tomar riesgos, exponerse y hasta fracasar. Barack Obama dijo alguna vez que lo admiraba porque enseñaba a no tener miedo de arriesgar. La frase podría resumir toda su carrera.

Murió Sonny Rollins, el último coloso del jazz
Rollins en vivo durante sus últimos años.

Sonny Rollins fue mucho más que un saxofonista extraordinario. Fue un artista que convirtió la duda en método y la búsqueda en estética. Tal vez por eso su música sigue sonando contemporánea: porque nunca buscó la perfección sino algo bastante más difícil, una verdad humana dentro del ruido del mundo.