En el documental Fantastic Fungi, dirigido por Louie Schwartzberg y que aborda la importancia silenciosa de los hongos para nuestra vida cotidiana, se explica algo que muchas veces se pierde de vista por su característica de obviedad: el lenguaje es una de las formas de la sinestesia. La lengua no existe como materialidad sino que es una creación humana absolutamente necesaria, más allá de que William Burroughs lo definía como un “virus del espacio exterior”.  Es decir, el lenguaje es, literalmente, una traducción de aquello que nos rodea en una serie de sonidos que remitan a eso que nos interpela y nos atraviesa. Las palabras funcionan como puente entre los hechos –su comprensión absoluta como ilusión- y los humanos. De este modo, es posible pensar a la literatura y su práctica como el ejercicio por excelencia de la traducción de la experiencia en el papel (o el Word).

Ahora bien, ¿qué es lo que traduce la escritura de ficción? Digámoslo de esta manera: pone en relevancia una serie de visiones particulares que pasan totalmente desapercibidas para los radares habituales y solo la ficción puede capturar y reproducir, recrear, reinventar. En este aspecto, cuando quien escribe también traduce como profesión hay un encuentro que aspira a una erótica total con la lengua desde lo creativo y el traslado. Acaban de salir dos libros de cuentos de escritores que también llevan adelante la traducción como acto de extensión del viaje con la literatura: Cassette virgen (Emecé) de Edgardo Scott, que también tradujo Dublineses (Ediciones Godot) de James Joyce; y Flores que se abren de noche (Fiordo) de Tomás Downey, que tradujo Un hombre con suerte (Chai Editora) de Jamel Brinkley. Cuentistas que traducen cuentistas.

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Mirar atrás sin rencor

Cuenta Scott (1978) en el prólogo de Cassette virgen: “Lo autobiográfico surgió a partir de cuentos o relatos particulares, de modo que el libro se fue armando con ese método y unidad.” Son 13 cuentos segmentados en dos bloques: Lengua materna y Lengua extranjera. Esta tensión entre la tierra origen y la apropiación de tierras pasadas y lejanas está presente a lo largo del libro. Ahora dice Scott desde Francia, donde reside hace un tiempo, sobre su nuevo libro: “Me gusta leer relatos autobiográficos. Thomas Bernhard, Sir Thomas Browne, Sebald, Magris, pero también Hebe Uhart, Eduardo Muslip, María Moreno, Iain Sinclair, Fogwill. La literatura de Fogwill es muy autobiográfica aunque no se destaque mucho eso. Y la poesía, ¿no? En realidad la poesía comercia siempre y del mejor modo con lo autobiográfico. Podría también decirse que la memoria es pura invención. Es la invención del pasado. El pasado es un invento, un relato, a veces bastante experimental. Fragmentario, con intertexto, polifónico, siempre que se trabaja con la memoria se trabaja con un material tramposo porque está en continua resignificación, por eso es lógico que los críticos se enojen o los irrite una postulación fija de la memoria, como la voluntad de generar una imagen definitiva; pero en Cassette virgen ya desde esa especie de falso prólogo que le hice está la idea de trabajar el relato y lo autobiográfico en su constante tironeo, en poner en abismo sus insistencias, embustes, todo lo bizarro que tienen las pretensiones de la memoria, y sobre todo tratar de captar cuál es el ojo o nervio del presente que en definitiva está impulsando ese recuerdo y ese relato.” Esta memoria del libro, que tiene su edición italiana, también está montada sobre eso que Roland Barthes llamaba “efecto de realidad”: hay mucho territorio mensurable, mucha geografía reconocible y muchos objetos definiendo tramas. Explica Scott: “Claro, todo lo simbólico, ¿no? ¿Qué son los objetos, los espacios, los ambientes, para nosotros? Símbolos. Y esa es la especificidad de la literatura, por eso la literatura está hecha de detalles. Últimamente se cree que la imaginación y la invención le pertenecen a un género o a un procedimiento que reniega del realismo, eso es de una miopía terrible, un gran malentendido. La imaginación y la invención están siempre presentes en la literatura, sobre todo porque dependen del lector y de la potencia simbólica de un texto.”

La realidad es lo más fantástico que hay

Los cuatro cuentos largos de Flores que se abren de noche, que también sale en España, son material radiactivo: piezas extraordinarias que coquetean con un fantástico muy perturbador, porque se montan sobre una suerte de realismo latente donde todo puede estallar por los aires con mucha facilidad. Con este libro, Downey (1984) confirma que es uno de los cuentistas más relevantes del campo literario actual. Desde España, donde se instaló hace poco, el escritor habla de su proceso creativo: “El primer motor es el instinto, no es que me planeo mucho lo que voy hacer. Arranco y veo para dónde va la cosa. Y me di cuenta que los cuentos se iban extendiendo y ya eran de un formato de cuento largo, que es un formato que me gusta mucho como lector. Por ejemplo, mis autores favoritos son Kelly Link, Alice Munro, entre otros. Y también están los libros de cuentos largos de Federico Falco y Sergio Bizzio. Me doy cuenta que se toma una decisión una vez que la cosa está en movimiento. Tiene esta cuestión quirúrgica y muy concreta del cuento. No tiene dispersión, no hay muchos personajes, hay pocos escenarios, los tiempos son concentrados. Salvo el primer cuento que hay una elipsis, mis cuentos cortos terminan antes de que la cosa explote y en este libro quería pasar del otro lado, explorar el más allá. En un principio, eran tres cuentos después fueron cuatro y hay un quinto que quedó en la gatera.”

A su propia manera, Flores que se abren de noche viene a profundizar la apuesta estética de Downey donde la realidad y la fantasía parecen cartas que intercambian su esencia: nada es lo que parece y las leyes de juego de vuelven volátiles e impredecibles. Reflexiona el autor: “Está el tema del verosímil al que siempre le presto muchísima atención: que quede orgánico. Y siempre se trata de plantear un mundo más o menos real, reconocible, y ahí introducir como la cuña de algo que modifique un poco el rumbo y pone en relieve lo real. Si querés, te permite ver la realidad en otra perspectiva, lo tengo que pensar así. Es como que me di cuenta que en el libro había una profundización hacía eso de alguna manera. Los últimos dos cuentos creo que van un poquito más allá. El cuento «CET» es como que podría transcurrir hoy mismo y caen los extraterrestres. Los otros textos tienen más elementos extraños, entonces era como una profundización hacia la búsqueda de lo raro, jugar con lo fantástico, con la ciencia ficción. Pero yo me quedo con lo raro porque es una forma que toma distintos géneros y los hace jugar. Lo raro siempre está hablando de lo normal, en el contraste en ese espejo deformante que es donde salta lo que a mí me interesa. Hay extraterrestres pero me interesa hablar de la pareja o el duelo de una chica y la relación de amistad.”

El juego de los espejos

La relación con la lengua extranjera tiene una indudable vinculación con la creación. Es desde este posicionamiento que se puede notar que la traducción también representa una instancia de creación y aproximación a la literatura de otra voz pero además la propia. Dice Scott que hizo un gran trabajo con Dublineses de Joyce: “Siempre digo que vivir en Francia radicalizó mi relación con la lengua del Río de la Plata, mi lengua. Por otro lado, el tono de Cassette virgen sale de una especie de orgía donde están W. G. Sebald, Eduardo Muslip, Hebe Uhart y Felisberto Hernández. Yo estaba leyendo serialmente a esos autores cuando surgió este libro hace más de diez años. Pero claro, después las relecturas y correcciones a través de los años van matizando el robo o la copia, por eso Borges decía ‘escribir es corregir’, porque es en esos matices donde aparece el fraseo más propio e incluso original.” De ahí tiene sentido preguntarse sobre el aporte de la traducción en la escritura de estos textos. Responde Scott: “Qué me aporta la traducción, buena pregunta. Bueno, supongo que la traducción es otra de las formas (leer poesía, vos sabés, es la primera y principal) de afinar el oído. Uno puede trabajar veinte veces una frase o un párrafo cuando traduce, hasta que sea pura sonoridad y después recupere el sentido. Yo creo que eso es clave para un libro con el registro que tiene Cassette virgen.”

En relación a lo anterior, cuenta Tomás Downey luego de traducir el excelente libro Un hombre con suerte de Jamel Brinkley: “Fue un trabajo muy intenso con la editora y la correctora también. Me enamoré en un punto de la traducción. Me encanta y es un quemo además; y es un ejercicio fantástico. Aprendí que la traducción no es palabra por palabra, es como reproducir un poco la música y la idea, que es más importante que el texto sea más fluido en español sin ocultar que es una traducción. Algunas veces prefiero traicionar un poco el original y en algunas cosas simplificar cuando es necesario. Cuando la traducción es medio imposible a veces hay que alguna cosita que recortar de alguna manera, a veces hay una palabra que la traducción no transmite la misma idea: ese juego es interesante. Y en la corrección te das cuenta que funciona mejor una palabra que es diferente pero transmite mejor la idea que la palabra en inglés.”

Edgardo Scott y Tomás Downey son cuentistas y traductores que en estos momentos (y por distintas razones) viven en el exterior. Entonces tiene sentido preguntarse: ¿hay algo más tradicional dentro de la literatura argentina?

El estado de la lengua

Decía Ricardo Piglia, sobre eso estaba trabajando sobre el final de su vida, que cada generación debe hacer su propia traducción de los clásicos para saber en qué estado se encuentra la lengua en ese momento. A su modo, creía, era la puesta a punto del habla en relación a la historia. Es cierto y revelador.

Cuenta Edgardo Scott en el prólogo de su traducción de Dublineses: “Solo puedo decir que durante años tuve un sueño, que después tuve suerte, paciencia, que trabajé bastante, y que ahora he tenido el privilegio de cumplirlo”. ¿La traducción es un sueño eterno?

Tomás Downey, que por otra parte trabaja de guionista y da talleres, venía de traducir poemas y leer mucho en inglés. Al poco tiempo recibió la invitación del escritor Federico Falco, que dirige la colección de cuentos en Chai Editora, para traducir Un hombre con suerte de Jamel Brinkley: “El proyecto de la editorial, no sé si siguen por esa línea, más que nada es trabajar con traductores-escritores que pudieran traducir, yo nunca había traducido nada profesionalmente”.

En su prólogo, Scott dice algo interesante sobre esto: “Borges siempre repitió que traducir no impedía, si el traductor podía conseguirlo, mejorar el texto original. La única fidelidad que debía respetar un traductor literario no era ni hacia el idioma de origen ni hacía el idioma extranjero: era hacia la lengua –hacia el estilo– del escritor traducido y hacia la lengua del propio traductor”.