El vínculo empezó en el patio de su secundaria, la Escuela Manuel Dorrego, de Morón. El handball fue el juego que Guillermo Milano encontró para relacionarse con sus compañeros. Ahí empezó su historia en este deporte. Ahí, en su colegio, dirigió por primera vez. Tenía 19 años. También fue clave en el crecimiento Dorrego Handball –el nombre actual– dentro de la Federación Metropolitana de Balonmano: hoy compite en la máxima categoría. Desde 2020, Milano es el conductor de Boca y de un hecho histórico: por primera vez, hay handball en el club. Aunque el desafío más importante lo asumió en septiembre del año pasado cuando fue designado al frente de la Selección argentina.

A finales de enero, el equipo nacional logró uno de los cuatro lugares para el Mundial de Polonia-Suecia 2023 en el torneo Centro Sur, en Recife. Ganó todos los partidos salvo la caída en la final ante Brasil. La competencia en el estado de Pernambuco representó el estreno oficial de Milano en el cargo. Pero la historia con la celeste y blanca comenzó en 2005, cuando quedó al mando de los juveniles. Después le tocó acompañar como asistente a Eduardo “Dady” Gallardo y Manolo Cadenas. Nada menos los dos ciclos más importantes para el handball nacional, el momento en el que se instituyeron Los Gladiadores.

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–¿Cómo se mantiene la motivación después de estar 17 años vinculado a la Selección?

–Nunca me aburrí, pero sí pasé por momentos duros y de tristeza. A veces el medio es duro. Soy una persona luchadora. Si bien a veces me caigo, me levanto con más fuerzas, ambición y proyectos. Siempre me ilusiono con lo que viene y dejo atrás lo que me daña o genera tristeza. El proyecto que viene siempre me potencia y me da vida. Cuando perdimos contra Brasil en Centro Sur me sentí angustiado, pero al día siguiente ya estaba planificando otras cosas para esta etapa.

Su recorrido con Los Gladiadores incluye tres Juegos Olímpicos (Londres, Río de Janeiro y Tokio) y diez mundiales. “La vara está muy alta por las cosas impresionantes que se lograron en los procesos de Dady y Manolo. No es fácil mantenerse. De mínima, el objetivo es estar en el lugar que nos dejaron estos dos grandes entrenadores y desde ahí lograr resultados superadores para el crecimiento”, dice Milano. Sin la presencia de Gonzalo Carou ni de Sebastián Simonet, el más grande de los tres hermanos, la etapa que viene es la de la renovación. “Es importante dejar un recambio, nuevos jugadores con posibilidades de competir”, marca como uno de los desafíos de su ciclo.

El calendario del año previo al Mundial de Polonia-Suecia tiene a los Juegos Odesur en Paraguay, en octubre, como la competencia más relevante. Más allá de conseguir la clasificación a los Panamericanos de Santiago 2023, será una instancia para medir la respuesta de algunos nuevos jugadores. «Me gusta que el equipo sea dinámico, participativo y que todos tengan su momento en la cancha. También que el equipo sea respetuoso con uno mismo, con el equipo, el rival y los árbitros», cuenta sobre su filosofía de juego.

En abril tendrá una oportunidad para reunir a los deportistas y seguir modelando la idea para esta etapa cuando aproveche la fecha internacional de la Federación para hacer otra convocatoria.

–¿Qué se necesita para liderar un grupo?

–Con el carisma solo no alcanza. Hay que tener conocimiento y preparación. Hoy el liderazgo dejó de ser vertical para ser horizontal. Para conducir necesitás poder contar con un equipo de trabajo que pueda sustentar el proceso y en conjunto generar que el equipo avance. Cada día hay más demandas y necesidades que cubrir. Pero es importante la no verticalidad, el trabajo sin autoritarismo, horizontal, donde por supuesto hay alguien que toma una decisión. Pero todos tienen que tener un aporte para llevar adelante el proyecto.

–¿Te encontraste con más trabajo horizontal o vertical en tu experiencia?

–Mi manera seguramente es distinta a algunas que me tocó vivir. Vi de todo, pero en general la gente con la que trabajé tiene una filosofía más horizontal. Trato de dar lugar a todos los asistentes y compañeros de trabajo, incluso a los jugadores porque tienen una parte importante de la conducción. Tenés un líder de la defensa, otro del grupo, otro del ataque. Es decir, cada uno tiene un rol y la suma de ellos es la que hace que el equipo funcione.

De pibe, Milano se hizo hincha de Boca por su abuelo, que era socio vitalicio y vecino del barrio. Fue quien lo llevó a La Bombonera. Él repitió la tradición con Ramiro, su hijo, que jugó al fútbol en Boca hasta hace unos años. “En ese momento, empecé a visualizar la posibilidad de poder incorporar el handball al club. Era un sueño porque soy hincha y ahora se convirtió en un logro personal muy importante”, evalúa sobre el desembarco del club en el handball, un impacto que a largo plazo estima que puede ser todavía mayor.

“El efecto más fuerte se va a ver cuando llegue a la élite. Va a haber un salto de calidad en el deporte en todo sentido: en la televisación, en visibilidad, y tengo fe en que puede generar una semiprofesionalización”, opina.

–¿Qué vínculo generás con los jugadores?

–Soy una persona que tiene un extremo cariño por los jugadores que me toca dirigir. Es lo que me pasa en la Selección. Los tengo desde que tenían 14 o 15 años y eso ha generado un afecto. Llegarle al jugador a la cabeza y al corazón es mi principal objetivo. Tal vez no lo pueda lograr con todo el mundo. Pero es mi plan: llegar al corazón del jugador y no mentir.