En la revista El Gráfico del 8 de enero de 1975, dos viejos conocidos se veían las caras en una nota de cuatro páginas: Julio César Pasquato, Juvenal, que ya había entrevistado muchas veces a Labruna en la Revista River, y sentía una debilidad especial por él, y Ángelito. “Si agarro River es para ser campeón”, fue el título, que se citó muchísimas veces, conocido el final de la historia. Pero como observaremos en en el contenido de la nota, además de una expresión de deseos y de convicción, Labruna les estaba exigiendo a los dirigentes que cumplieran con sus pedidos. Se sintetizó así en la bajada del título: “Para eso necesito: respaldo total de la directiva; cambiar la imagen del equipo; dos marcadores de punta; un back centro con presencia; volantes con ida y vuelta; otro wing con desborde y llegada”.

Antes del ida y vuelta entre el periodista y Labruna, el propio Juvenal le preguntaba al presidente por qué volvían a buscar al mismo entrenador que habían echado en 1970. “Es posible que hoy hayamos comprendido que hace cuatro años nos equivocamos -respondía Rafael Aragón Cabrera-. Y cuando alguien se equivoca, es de buena ley reconocer el error y tratar de repararlo. En este momento, tras las experiencias que hemos pasado en River, hay acuerdo casi unánime entre los dirigentes para que Labruna sea el hombre que cumpla con la aspiración de sacar campeón a River”.

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En la nota, Juvenal describía la casa de la familia Labruna: “Desde abajo del cristal de una mesa baja nos mira una foto. Ahí están los cinco de La Máquina, reunidos otra vez sobre la gramilla”. Y Ángelito aprovechaba para resaltar el valor de aquellos compañeros. “Si tuviera a cualquiera de estos cuatro, no habría problemas para firmar ya mismo y comprometerme a salir campeón, ¿no es cierto?”, preguntaba sin necesidad de que existiera respuesta del interlocutor. “La noche es calurosa y estamos ante dos vasos de refresco helado -seguía Juvenal-. A su alrededor, todo respira River, los trofeos que nos miran desde cualquier rincón, las fotos (una grande de Danielito), su señora Ana y su hijo Omar, jugador de las inferiores de River y fana de la banda, como toda la familia. Sin embargo, Ángel sigue todavía indeciso, dudando, tironeando por dos deseos”.

Y a partir de allí, el testimonio punzante de Labruna. Se moría por ir a River, pero no a cualquier precio: “Todavía no firmé y no pienso hacerlo si no consigo el respaldo total que necesito para mi gestión en River. No tengo la varita mágica, para salir campeón necesito refuerzos importantes. Si el club no se mueve para conseguirlos, ni soñemos con River campeón. Y yo no vuelvo a River si no es para sacarlo campeón”. Es decir: aquí queda claro que el título de la nota que tantas veces se citó era más una imposición de condiciones que cualquier otra cosa. Lo reafirmará luego en varios pasajes de la charla.

-Dentro de un rato tengo una llamada con Córdoba. Allá me quieren retener a cualquier precio. Y siento que esa gente, a la que debo tanto, merece que los tenga presente antes de tomar una decisión. Usted me conoce: sabe que no me estoy haciendo el interesante. Que volver a River, y como ganador, es lo que más quiero en la vida. Pero tengo miedo… No puedo volver y fracasar. No quiero. Por mí y por todos los riverplatenses que viven deseando un campeonato. Si vuelvo, es para sacar campeón a River. Y con el plantel actual lo veo muy difícil. Casi imposible. Y esto no quiere decir que en River no haya buenos jugadores, incluso muy buenos jugadores. Pero hay que hacerse a la idea de que a River, como equipo, le faltan refuerzos importantes, diría fundamentales. No puedo tomar a River para seguir como hasta ahora, ganando o perdiendo cuando le toque. River tiene que hacerse respetar y salir a ganar en cualquier cancha del país. Recién cuando usted tiene un equipo así puede tener la seguridad de salir campeón. Fíjese en este par de detalles: todos los delanteros que juegan frente a River salen a morder sobre la última línea de River, porque tiene fama de blanda. En cambios, los defensores contrarios juegan confiados frente al ataque de River porque sus atacantes no los van a morder. ¿Se da cuenta? Eso es lo que debe cambiar. Y para cambiarlo necesito gente que me ayude a imponer esa línea.

SE DICE DE MI

Norberto Osvaldo Alonso llegó a River con 9 años, jugó como los dioses hasta ser catalogado “el Pelé blanco” y fue determinante en la conquista del título que cortó la sequía, como se observará en este capítulo. Le metió unos cuantos goles a Boca, dio la vuelta olímpica en la Bombonera, ganó la Libertadores y la Intercontinental. No le faltó nada a su recorrido en el club. Sólo Ángelito Labruna lo debe superar en idolatría entre los hinchas de River. El Beto era la debilidad de Labruna, aunque no pintaban muy bien las cosas en un comienzo.

“A Ángelito le gustaba cómo jugaba, pero hasta aquí, había cosas que no le cerraban. Una vez, dirigiendo él a Central fui a jugar con el River de Didí. Al Viejo lo ponía loco que jugara parado, entonces se acercó a la línea y me empezó a gritar: ‘Dale, nene, corré que esa camiseta la usé yo durante 20 años’. Me ponía marca, decía cosas fuertes para que yo escuchara, del estilo ‘márquenlo a ese maricón’, y yo le contestaba: ‘¿Para qué me ponés marca, entonces?’”, recuerda entre sonrisas el Beto.

Carlos Manuel Morete, otro al que había hecho debutar Labruna en su ciclo anterior, sabía que Ángelito sí lo tenía en sus planes. “Lo primero que me preguntó Ángel fue si quería ser el capitán -recuerda con emoción el Puma-. Le contesté que no tenía problema. Creo que lo hizo para darme fe. Del 70 al 75 River trajo muchos centrodelanteros, pero nunca dejé de tener fe en mí y metí un montón de goles. Ángel te daba confianza. A mí me decía: ‘Agarrá la pelota y pegale al arco, buscalas todas. Lo que no te podés permitir es que cruce una pelota por adentro del área chica y no llegues, porque si pasa eso, te saco. Toda pelota en el área chica tiene que ser tuya’. Y la verdad que metí un montón de goles en el área chica. ‘Que le errés o que te la ataje el arquero, puede ser, pero lo otro no. Nosotros tenemos que crear 10 opciones de gol y vos tenés que estar siempre en el área para empujarla’. Me tenía una fe enorme, yo venía de buenos años, de meter muchos goles en el 74”.

Además de los consejos de goleador a goleador, el Puma no olvida el mensaje optimista que bajó Ángelito desde el primer día. “Llegó y nos dijo: ‘Miren que yo tengo culo y vamos a ser campeones, eh, tenemos que tenernos fe’. Otra frase que nos dijo de entrada y repitió durante todo el campeonato era: ‘Todos para uno y uno para todos’. Esa la usaba muchísimo Ángelito, y jodíamos con los muchachos”.

Ubaldo Matildo Fillol tenía 24 años cuando se reencontró con Labruna en River. Era joven, pero ya acumulaba cinco temporadas atajando en Primera. “Cuando a comienzos de año se confirmó que Ángelito sería el técnico, y dijo que yo sería su arquero, me impactó. En la pretemporada en Necochea, me dijo de entrada: ‘Pibe, mire que va a atajar usted’. En esos días nos puso enseguida la vacuna de la mística. Sobraba confianza, sabíamos que teníamos un muy buen equipo, y por suerte Ángelito lo encontró rápido. Su mensaje era fácil, simple, usaba un vocabulario de vestuario que el jugador lo interpretaba sin problemas. Ángel descomprimió todo, nosotros lo sentíamos, se puso el equipo al hombro, la responsabilidad al hombro, él nos super convenció de que el sistema que usaba iba a dar resultados y obviamente sacó presiones, porque estar 18 años sin ser campeones es durísimo. El no vino a imponer nada, ni a presionarnos, eran charlas distendidas. Nos sedujo con su convencimiento”.

Roberto Alfredo Perfumo fue un auténtico crack en la cancha y también fuera de ella. Jugando y explicando el juego. ¿Se puede ser crack siendo defensor central? Claro que sí. El Mariscal lo era; se trata de uno de los mejores defensores que dio el fútbol argentino. No pude entrevistarlo específicamente para este libro, porque Perfumo murió en marzo de 2016, a los 73 años. Sí pude hablar con el Mariscal de su vida, de su paso por River y de Labruna en dos notas que escribí en El Gráfico: una fue en la clásica sección de las 100 preguntas, en 2002, y la otra se trató de en un almuerzo de reencuentro con Fillol, Morete, Pedro González y Juan José López a 20 años de aquel bicampeonato histórico de 1975.

¿Su cara de Ángelito ayudaba para que los árbitros no le mostraran más tarjetas de las que merecía? “Y… la cara ayudaba, pero también me ayudó la conducta. Yo era fuerte, chocaba y dolía, pero no hacía gestos, no jodía. Después, la cara de ‘yo no fui’ había que ponerla. El reglamento permitía muchas cosas. Hoy no sé cuántos partidos terminaría en la cancha”, se sinceraba el Mariscal, con la misma clase que mostraba con los cortos, antes de recordar lo mal que la pasó a poco de llegar a River: “Después de las primeras prácticas quería largar todo. Tenía 32 pirulos y hacía como cuatro meses que no jugaba. Empecé a entrenar y no andaba bien con la distancia. Lo encaré a Labruna y le dije que no podía, que me volvía a mi casa. Y Ángel me dijo una cosa sabia: ‘Yo jugué hasta los 42; los viejos tardan más en agarrar el timing, el timing va a venir solo’. Usaba mucho esa de ‘el timing’, ja, ja, Pensé que me quería engrupir, pero tenía razón y alargué mi carrera cuatro años más”. (Roberto Perfumo se retiró a fines de 1978 y disputó 135 partidos con la camiseta de River, no es poco).

Otro de los refuerzos que se sumó a la pretemporada en Necochea fue Héctor Ártico, a quien Labruna trajo de Talleres. “River venía de 17 años sin ser campeón, el peso era muy grande y había que ponerle el pecho sí o sí y sacarlo adelante -recupera sensaciones el Gringo-. Ángel nos decía que teníamos que agarrar la punta y no soltarla, que metiéramos y no nos dejáramos pasar por encima. ‘Nos vienen chichoneando hace 15 años con que somos gallinas, les vamos a demostrar que no somos ningunas gallinas, vamos a ser campeones’, nos arengaba, y nos transmitía esa confianza”.

El Beto Alonso, como contamos, no era de los predilectos del entrenador. “En la pretemporada en Necochea me llamó para una reunión -repasa el Beto-. Me contó que los dirigentes me querían cambiar por Rivelino, que el pase estaba hecho. Me dijo que me quería en el equipo, que todo dependía de mí pero que si me quedaba iba a ser un gran año mío, y al final le hice caso… por suerte. Yo quería salir campeón con River y se veía ese año que se estaba armando algo serio. ‘Si trabajamos con humildad y respeto vamos a ser campeones’, puso Angelito en la pizarra. Lo mismo que puso el Bambino Veira 10 años después. Como Ángel conocía mucho todo el mundo River, confiaba mucho en los que estábamos desde chicos en el club”.

El domingo 3 de agosto, River recibía en el Monumental a San Lorenzo en la antepenúltima fecha del campeonato. Faltaban ese partido y dos más. Era el regreso del Beto Alonso, después de cumplidas las seis fechas de suspensión. Recordemos que River venía de tres derrotas consecutivas y un empate con Temperley y que Boca se había puesto a sólo tres puntos.

“Nunca me voy a olvidar la cara y la palabra de los dirigentes, cuando bajaba de la concentración al vestuario la tarde de mi reaparición contra San Lorenzo -revive Alonso-. Me decían: ‘Beto, por favor, hacé algo para que no se repita la historia, otra vez segundos no, por favor, Beto’. Yo bajé con Aragón en el ascensor de la concentración al vestuario y su discurso fue similar: ‘Beto, por favor, que hoy sea tu partido, iluminate’. Y ese día me salieron todas: tiré caños, sombreros, gambetas, y el primer tiempo terminó 0-0 de casualidad. En el segundo, vino el corner de Pedro González, salté por atrás del Mono Irusta, y la metí de cabeza. Y después Pedro pateó medio mordido desde la derecha y yo le pegué de zurda, cayéndome, casi desde el punto del penal y ahí fue la explosión total, el desahogo por todas las que nos habían hecho en esos años, el penal de Gallo, el de Roma, los tres penales de Tarabini, porque a River lo cagaban siempre, no tengo dudas de eso”.

En principio, la anteúltima fecha estaba pautada para diez días después del 2-0 a San Lorenzo: el miércoles 13 de agosto. Por esos días, la selección disputaba la Copa América con sedes rotativas: el 3 de agosto le había ganado 5-1 a Venezuela en Venezuela (el mismo día del 2-0 a San Lorenzo), el 6 de agosto perdía 2-1 con Brasil en Belo Horizonte y el 10 de agosto conseguía el resultado más abultado de la historia en esta competición: 11-0 a Venezuela en Rosario.

Para no perder el ritmo, y tal como lo venía haciendo durante todo el año, River viajó para jugar dos amistosos, uno contra Cerro Porteño en Asunción el 7 de agosto y otro, dos días después, en Posadas, contra Bartolomé Mitre. Las circunstancias que rodearon ambos partidos fueron muy particulares; recordemos que cuatro días después del segundo amistoso, River se jugaba la vida, futbolísticamente hablando, claro.

Fue un viaje realmente absurdo: salvo Fillol, que había terminado con alguna molestia el partido con San Lorenzo, y algún titular más, el resto viajó. Contra Cerro Porteño jugaron Landaburu; Comelles, Pena, Passarella, Héctor López; Artico, Merlo, Sabella; González, Morete y Bareiro. River ganó 3-2 con un gol de Passarella en el último minuto. El partido fue áspero y como hubo tormenta eléctrica, hicieron en micro los casi 400 kilómetros que separaban Asunción de Posadas. Pero hete aquí que el micro se rompió, tardaron más del doble de tiempo y llegaron justo para jugar el sábado contra Bartolomé Mitre, con el mismo once. River ganaba 3-2 a los 30 minutos del segundo tiempo cuando el partido debió suspenderse por la lluvia. El plantel tenía que volver al día siguiente a Buenos Aires por Austral, según registra la crónica de la Revista Goles, pero ante la tormenta y la aversión natural de Angelito a los aviones, decidieron cambiar y volver en micro. Sí: a menos de cuatro días del partido más importante de los últimos 20 años, los jugadores de River viajaban 18 horas en micro desde Misiones. Insólito.

Después se decretó la huelga de Agremiados y la obligación de jugar con chicos de las inferiores. River le ganó 1-0 a Argentinos con el gol de Rubén Norberto Bruno y desató la locura.

Después de la crónica de época, adelantamos la cinta y presentamos testimonios de protagonistas y testigos de esos días frenéticos de la consagración. Arrancamos con dos de los chicos, que hoy andan por los 64 o 65 años, que jugaron el partido contra Argentinos que desató la locura.

Héctor Bargas es categoría 57. Llegó a River con 10 años, hizo todas las inferiores y debutó en la Primera, con 18 años recién cumplidos, la noche del 14 de agosto en cancha de Vélez. En su hoja de ruta podría escribir: primer partido oficial, primer título. ¡Y qué título!

* “Al poco tiempo de entrar a las inferiores de River, me hice amigo de Omar (Labruna), que entró al club a la misma edad que yo. Somos de la misma categoría. Yo iba seguido a su casa a jugar y tomar la merienda y ahí lo veía a Ángel, y desde entonces me quedó la imagen de un buen tipo, de una persona que te aconsejaba para bien. Me llamaba mucho la atención su fanatismo por los colores. ‘River es el club más importante del mundo, son privilegiados de estar aquí’, nos decía a Omar y a mí”.

* “En la concentración pasó un poco de todo, vinieron varios profesionales a decirnos que no nos presentáramos. ‘Muchachos, el desgaste lo hicimos nosotros, la huelga es por ustedes’, nos dijeron, aunque varios de esos habían jugado en la huelga del 71, con Didí, cuando eran juveniles, como nosotros en ese momento. Decidimos hacer una votación y uno solo votó por no jugar, el Chacho Cabrera. Yo nunca tuve dudas, tenía muchas ganas de jugar”.

* “El viaje fue movidito, nos seguían un montón de coches tocando bocina, iba creciendo la locura. En el vestuario de Vélez nos reíamos, como en Reserva, pero cuando salimos a la cancha, la vimos repleta de gente, estaban los policías con los perros, muchos fotógrafos. Cuando jugábamos en Tercera, la gente iba llenando el Monumental, estábamos un poco acostumbrados a jugar con público pero esto fue tremendo. Fernando Zappia, el capitán, cuando dio el pasito para entrar, un poco se tiró para atrás y lo empujamos, como que se asustó”.

* “Nos sorprendió ver a Ángel en el vestuario, no sabíamos que él iba a venir. Federico Vairo era el entrenador principal porque nos conocía más que nadie. Labruna nos habló dándonos confianza, que jugáramos como en Tercera, dijo algo muy cortito. Ángel estuvo en el vestuario en un rincón formando el equipo y luego se apartó por el tema de la Primera”.

* “La vuelta al Monumental por Juan B. Justo fue a paso de hombre, la gente tocando bocina. El Monumental estaba lleno de gente. Fue una locura que pocas veces vi, tanta gente en la cancha de Vélez, tanta gente en las calles y tanta gente esperándonos en River. Nos quedamos un rato ahí y después cada uno se fue a su casa como vino, algunos incluso en colectivo a la madrugada. A los dos días nos invitaron de la revista Goles a hacer una nota. El Gordo Muñoz me hizo hablar con mi hermano que estaba en Francia, fue muy lindo. Mi novia me dijo: ‘Estuviste dos días sin venir a casa’, ja ja”.

Rubén Norberto Bruno fue el héroe de la noche tan esperada. Estaba predestinado: llevaba la 10 de Alonso, la gran figura del campeonato, que a su vez era la 10 de Ángelito, el padre de la criatura. De categoría 56, también entró a River con 10 años, como Bargas, y vivió desde adentro los golpazos de los 18 años. En la Primera de River jugó solo 11 partidos y metió dos goles: el mítico ante Argentinos, el día de su debut, con 19 años, y uno de penal ante Gimnasia, por el campeonato del 76. Y recuerda…

* “La llegada de Ángel fue una revolución. Marcó un hito al venir y tener muy claro que tenía que ser campeón sí o sí. Vino a eso, y la convicción que irradiaba y la visualización de los jugadores que necesitaba fue fantástica. Con todas las piezas que trajo formó un equipo tremendo. Nosotros jugábamos el preliminar y ya en el segundo tiempo de nuestros partidos las canchas se llenaban, era una locura. La gente se ilusionó mucho. Un día estaba en la platea después de haber jugado en la Tercera y River le metió cinco goles a San Lorenzo sin despeinarse, un baile tremendo. Te dabas cuenta de que había mística, además los tres del medio jugaban hacía mucho tiempo juntos y se entendían muy bien”.

* “El miércoles a la noche, antes de Argentinos, nos fuimos a dormir sin saber nada, y eso fue mejor, porque de saber que teníamos que jugar al día siguiente seguramente nos hubiéramos puesto muy nerviosos. El jueves llegamos al club y cuando fuimos a buscar la ropa para entrenar nos dijeron que teníamos que subir a la concentración. Rarísimo. En un momento fueron llegando los jugadores profesionales y nos explicaban la situación. ‘Nosotros no los vamos a presionar, esto es por el estatuto del futbolista, el día de mañana lo que se van a favorecer son ustedes, hagan lo que consideren necesario’, fue el discurso. Cerca del mediodía subieron los dirigentes y nos dijeron que teníamos que tomar la decisión de si íbamos a representar al club o no. El partido había que jugarlo. Votamos entre nosotros y uno solo se opuso a jugar, el Chacho Cabrera, porque ya había jugado en Primera”.

* “En el vestuario de Vélez, Federico (Vairo) y Ángel tuvieron una charla. Después, Federico nos llamó y dio el equipo: ‘tal tal y tal, pelota parada Rubén, centro va tal y tal, fíjense cómo marcamos’. Cuando nos pusimos la camiseta, nos agarró Ángel en la boca de salida hacia el túnel y nos habló. ‘Muchachos, yo sé que están nerviosos, es un partido muy importante pero lo único que les pido es que jueguen como saben, como siempre, va a salir todo bien’, nos dijo. Nos acompañó hasta el campo de juego y se quedó mirando el partido desde la puerta del túnel. Federico se sentó en el banco. Todos sabíamos que Ángel era una institución dentro del club, algo superlativo, y que nos hablara antes de salir fue bárbaro, a nosotros nos tranquilizó, puso un poco de paños fríos”.

* “Las avalanchas que había en las tribunas eran impresionante. Lo cuento hoy, 56 años después, y se me pone la piel de gallina. Yo estaba hiper concentrado, no escuchaba gritos ni nada, y cuando hice el gol fue una locura. Me largué a llorar, me desahogué, porque habíamos empezado a sentir la presión y me fui a trepar al alambrado. Sufrí un ataque de nervios, y después de los abrazos y de bajar, me tuvieron que atender al costado del campo, me pasaron alcohol por la cabeza, estaba ahogado, tenía el pecho comprimido. Después de unos minutos volví a entrar”.

* “En el vestuario había un poco de preocupación porque faltaban jugadores, a muchos los tuvieron más tiempo que a mí dando vueltas por el campo. Nos tranquilizamos cuando estuvimos los 16. En el vestuario estaba lleno de gente del fútbol amateur: delegados, allegados, padres que se pudieron meter, no había dirigentes de primera línea. Se cantaba ‘Dale campeón’ y ‘Que se metan en el culo el apodo de gallinas’, de esos dos cantitos me acuerdo”.

Omar Labruna sabe bien cuánto deseaba su padre esa conquista. Con cuánta ansiedad lo disfrutó y también cómo lo sufrió. Compartían el día a día en su hogar. “Fueron meses terribles -reconoce Omar-, él estaba convencido de que iban a ser campeones, pero venía de una etapa de frustraciones tan grande y hubo tantos campeonatos en que lo durmieron, que se vivió con mucha tensión. Igual, estaba convencido del equipazo que tenía. River rompía todos los estadios, fue una locura. El viejo estaba eufórico; cuando ganaba, se le notaba la sonrisa en el vestuario y durante toda la semana. Y cuando no se daban los resultados, nunca lo veías entregado o bajoneado”.

“Sí, sí señores, yo soy de River; si sí señores, de corazón; porque este año, de acá de Núñez; de acá de Nuñez; salió el nuevo campeón”, fue uno de los hits más entonados en las tribunas, en tiempos en que los hinchas no formaban asociaciones ilícitas ni se vanagloriaban de cuánta droga consumían. No fue el único. “Cuide señora su gallinero; porque esta noche vamo’ a afanar; una gallina para el puchero; porque mañana, tenemos que morfar. Y el domingo vamo’ a ver a River; a ver a River de corazón; porque este año, de acá de Núñez, de acá de Nuñez; salió el nuevo campeón”.

Fin de la pesadilla. Sólo un Ángel (y no cualquier Ángel) podía sepultarla definitivamente.