El legado de Freddie Mercury es tan vasto, trascendental y constantemente actual que intentar situarlo dentro de un campo específico del arte resulta fútil. Incluso, desde el día antes de su muerte de la que se cumplen tres décadas, cuando anunció que tenía sida, su figura se consagró como relevante en diversos campos de la cosa pública, tales como la salud, la política, lo queer, lo jurídico y lo mediático. Nacido en el seno de una familia zoroastriana como Farrokh Bulsara en la tanzana isla Zanzíbar 45 años antes, dedicó su vida a la música, entendiéndola como un lenguaje performático para gestar canciones y conciertos, pero muy especialmente una biografía personal que de tan intensa, parece el cúmulo de muchas otras.

Cuando en 1970 Tim Staffell abandonó Smile, banda comandada por el guitarrista Brian May y el baterista Roger Taylor, dejó el camino allanado para que uno de sus más fervientes fanáticos se incorporase a la agrupación al mando de la voz. Smile se convirtió en Queen, Bulsara en Mercury y, con el posterior ingreso de John Deacon como bajista, una banda underground de Londres en un hito global en la historia de la música popular.

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Todo lo que sucedía alrededor de Mercury se transformaba, y si sólo nos circunscribimos a lo estrictamente musical, el thrash metal encontró su origen en “Stone Cold Crazy”, la ópera y el jazz se popularizaron apareciendo estampados en los discos del ’75 y el ’78, la música de alabanza llegó a la cumbre de la industria de la mano de “Mustapha” (y al rock alternativo argentino gracias al sample de dicha canción con el que inicia “Sobre la hierba” en Pasto, debut discográfico de Babasónicos), las colaboraciones alcanzaron probablemente su punto más glorioso con “Under Pressure”, y la lista sigue. Tanto, que las transmutaciones potenciadas por Freddie rebalsaron lo considerado como posible: la sola existencia de “Bohemian Rhapsody” es la representación cabal de que el rock vale la pena.

Su carrera solista se compone de un álbum pop y disco, y otro con la cantante de ópera española Montserrat Caballé, porque Mercury era todo eso: parecía no haber límites en su registro, ni tampoco en su cotidianeidad. Brillaba siempre, pero más a la noche: era en la nocturnidad de las presentaciones en vivo donde se engrandecía, y también en actuaciones para sentirse vivo, que no eran necesariamente sobre un escenario, sino más bien en fiestas privadas, bares clandestinos y hoteles de lujo. Aclaraba su garganta con vodka, su corazón con escandalosos amantes y su figura cada vez más demacrada con ropa amplia y maquillaje. El 24 de 1991 estaba relativamente en paz, en su residencia londinense Garden Lodge, cuidado por su pareja Jim Hutton y sus amigos más cercanos -y rodeado de sus adorados gatos-. Durante dicha jornada, esa luminosidad incandescente, fogosa y siempre en movimiento, se apagó por un instante. A la primera lágrima derramada, volvió a encenderse para ser eterna, porque el show debe continuar.