El 9 de marzo pasado la Falklands Maritime Heritage Trust anunció el hallazgo del buque inglés Endurance, hundido en el Mar de Weddell en 1915. Las cámaras del drone submarino de última tecnología que utilizó la expedición mostraron el alto grado de conservación del buque que fue parte de la fallida “Expedición Imperial Transantártica” comandada por el mítico capitán Ernest Shackleton. Para la mayoría de la prensa, el descubrimiento solo tiene relación con la historia de la cinematográfica carrera polar. Sin embargo, el hallazgo se anunció en circunstancias y condiciones que hacen virar la atención hacia la geopolítica actual y las disputas soberanas sobre el Atlántico Sur, Malvinas y la Antártida, donde los objetos y el patrimonio ocupan un lugar silencioso pero relevante. ¿Por qué una fundación cuyo objetivo principal dice ser “conservar y restaurar el patrimonio de las Islas Malvinas” financió esta millonaria expedición?

Las islas y el eterno retorno del Endurance

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Los eventos que desembocan en la guerra de 1982 se iniciaron en las Islas Georgias, a 1390 kilómetros de las Malvinas. Fueron ocupadas por Gran Bretaña en 1908, tras la decisión unilateral de la corona de extender sus dominios desde Malvinas hasta el Polo Sur. En 1914, las Georgias fueron el punto de partida del buque Endurance en la expedición comandada por Shackleton. Heridos por la temprana llegada al Polo Sur del noruego Amundsen, los británicos buscaban realizar la primera travesía que atravesara todo el continente blanco y que efectivizara su presencia en los territorios que reclamaban. Tras varios meses de navegación, el Endurance se hundió, producto de la presión de los hielos antárticos. Su tripulación logró salvarse en una travesía cuya dimensión épica todavía resuena, a pesar de la fallida misión, en las páginas de la historia británica.

Shackleton moriría un 5 de enero de 1922 en las Georgias mientras se prestaba a iniciar una nueva expedición antártica. Sus restos serían enterrados en el pequeño cementerio de Grytviken, un asentamiento de las islas donde funcionaba una base meteorológica argentina (instalada diez años antes de la expedición británica) y la factoría de la Compañía Argentina de Pesca (CAP). Sesenta años después, un suboficial argentino llamado Félix Artuso sería enterrado a unos metros de su tumba.

Artuso era parte de la dotación del submarino ARA Santa Fe, cuya misión consistía en apoyar a las tropas argentinas en las Georgias tras el famoso incidente de los chatarreros: el 18 de marzo de 1982, un grupo de trabajadores argentinos desembarcó en las Georgias con la excusa de retirar los restos de la antigua ballenera de la CAP y como parte de un plan de la Marina para recuperar las islas del Atlántico Sur. Tras conocer el izamiento del pabellón argentino y la ocupación de oficinas científicas británicas, el gobierno de Margaret Thatcher protestó y envió a un buque polar con veintidós marines llamado, casualmente, HMS Endurance.

Foto: Daniel Garcia / AFP

La puerta de entrada

Septiembre de 2020. Un año y medio antes del hallazgo del Endurance la empresa inglesa BAM Nuttall presentó en Malvinas los planos del nuevo mega puerto de aguas profundas que desde 2024 albergará buques científicos que harán escala en las islas hacia la Antártida. En los hechos, isleños y británicos buscan reemplazar al puerto de Ushuaia –el más cercano al continente blanco– como la puerta de entrada al Polo Sur.

Vincular el hallazgo del Endurance con esta política británica puede caer en el campo de la conspiración si no fuera por otros datos concretos. Uno histórico: Argentina y Gran Bretaña son las únicas dos naciones que reclaman la misma parte del territorio antártico. Casualmente, el Endurance fue hallado en aguas que ambos países demandan como soberanas, bajo el paraguas del Tratado Antártico firmado en 1959. El mismo tratado que permite que el lugar donde se halló el Endurance sea considerado “sitio y monumento histórico”.

La Falklands Maritime Heritage Trust, fundación integrada por isleños e ingleses que financió y llevó adelante el descubrimiento del Endurance, sostiene en su web que su principal objetivo es educativo: “with the aim of advancing the education of the public, including in the maritime history and heritage, both military and civilian, of the Falkland Islands and their neighbouring seas”. Una palabra sobresale: Patrimonio (heritage). El segundo objetivo de la fundación refiere justamente a la preservación y restauración de objetos con significado histórico y educativo. Coinciden en esto con la principal meta del Falklands Islands Museum and National Trust. Este oneroso esfuerzo, por mar y tierra, para preservar y restaurar objetos que consideran parte de su patrimonio material no se aplica a los objetos llevados y utilizados por soldados y oficiales argentinos en 1982 que aún reposan sobre cerros y praderas de las islas, ante el silencio del Estado argentino.

Patrimonio nacional

Una tarde de enero del 2020. Recorrida por el Monte Enriqueta en las Islas Malvinas. Una posición que parece una cueva, una virgen de plástico azul, una suela de zapatillas Flecha con la inscripción “INDUSTRIA ARGENTINA”. Restos de frazadas, bolsas de dormir, ponchos. Más allá un borceguí, una radio, pilas, el armazón de una ametralladora, munición. Todo está como entonces. Un mar de objetos en principio mudos, alejados de sus portadores y usuarios, impedidos de contar las memorias que resguardan. Un alfombrado que sirve como insumo para quienes llevan adelante el turismo de campos de batalla. Atractivo que, sumado al “turismo ecológico”, son explotados por el gobierno isleño generando la llegada de cientos de turistas cada año en cruceros hacia la Antártida. Uno de los pocos sitios del mundo en el que se hace turismo bélico.

Esta especie de “museo al aire libre” se extiende a las casas de los isleños y en la base militar de Mount Pleasant. En un jardín de Puerto Argentino se encuentra exhibido un antiguo blindado Panhard AML de las tropas argentinas. En la principal taberna del pueblo, la Globe Tavern, un FAL argentino colgado de una pared. También en la base militar, que sirve de aeropuerto, distintos tipos de armas argentinas son expuestas como trofeos de guerra. El único objeto de tropas argentinas exhibido en el museo son las minas antipersonales y antitanques con las que los isleños convivieron -y seguramente conviven- durante la posguerra. Al recorrer el territorio es difícil no preguntarse por qué no existió un intercambio de objetos entre ambos Estados, incluyendo a los veteranos y sus familiares, para resolver qué hacer con tal patrimonio.

Los objetos son portadores de memorias. Y funcionan como anclas. Al encontrar su radio Spika entre la turba, muchos años después de la guerra, el Veterano Antonio Reda, concluyó: “Recuperé la realidad del hecho, porque después de la guerra empezás a dudar de todo. Fue reafirmar: ‘yo tenía una radio y acá está’”.

Más allá del plano jurídico, por un río subterráneo corren las aguas de lo simbólico y lo representacional. Lo material y sus distintos tratamientos patrimoniales expresan una forma de recordar y narrar el pasado. Una forma de disputar la historia y la memoria con los objetos como soldados en sus respectivas posiciones. Los ingleses y los isleños conocen a la perfección esta sencilla fórmula. Basta con recorrer en una tarde la avenida principal de Puerto Argentino -la Ross Road- y contar la cantidad de objetos y monumentos –por ejemplo, el de Margaret Thatcher- que forman un relato sobre su historia.

Desde 1982 a la fecha, Argentina ha reclamado a Gran Bretaña no solo por la soberanía territorial de las islas sino por distintas temáticas que incluyen a la pesca, el petróleo, los ejercicios militares y la presencia de armas nucleares en el Atlántico Sur. Hasta el momento, Cancillería no ha tocado el tema del patrimonio. Aún cuando el Estado nacional cuenta en su haber la devolución de patrimonio saqueado a otros estados -como en el caso de los objetos de la Guerra del Paraguay devueltos en varias oportunidades-, todavía no se ha abierto la discusión sobre el patrimonio soberano en Malvinas. Muchos veteranos y familiares afirman que esos objetos deben quedar sobre los campos de batalla como marca de nuestra presencia y como guía para los ex combatientes que todavía viajan a las islas para buscar sus posiciones y sus vivencias.

Sin embargo, el patrimonio del que hablamos excede los eventos de 1982. Hablamos del caserío que formó Vernet durante su gobernación, de los corrales que montaron gauchos e indios, de las guitarras que tocaron, de los mates que tomaron y de las historias que todavía esperan ser descubiertas.

Este susurro de la historia se pierde entre el viento malvinense que hoy cobija la primera campaña arqueológica sobre la guerra de Malvinas en la que participarán veteranos ingleses bajo el comando del reconocido arqueólogo escoses Tony Pollard. ¿Qué harán con los objetos argentinos que encuentren en sus excavaciones? ¿Qué hará el gobierno argentino respecto a ese patrimonio que resguarda memorias de la lucha soberana?