Por curiosidad, por razones económicas, de salud o para buscar el origen de ciertos traumas familiares, el conocer nuestros orígenes siempre tiene su atracción popular. En la última década creció en todo el mundo el auge por saber quiénes son nuestros antepasados, y la Argentina no es la excepción, donde por ejemplo se destaca el Test de Ancestralidad. Saber quiénes nos antecedieron en los últimos miles de años, de qué lugar provienen, en definitiva, rastrear nuestros orígenes.

Según explican desde Genera, el primer laboratorio de Latinoamérica especializado en genómica personal, habitualmente las pruebas de ADN se usan para confirmar la paternidad de una persona, pero se puede ir mucho más allá. El Test de Ancestralidad ofrece un análisis del camino recorrido por los linajes paterno y materno desde el primer ancestro humano, a través del análisis de ADN mitocondrial y del cromosoma Y.

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Una herramienta es la Búsqueda de Parientes, donde se compara el material genético entre las personas que ya realizaron los test: identifica si comparten las mismas secuencias de ADN. También se pueden ubicar geográficamente los orígenes: los resultados se muestran en un mapa con las zonas de donde proceden los antepasados, en porcentajes, y con una influencia de hasta cinco generaciones.

“Incluso si el ADN ha mutado, es posible rastrear el origen y la ruta de su haplogrupo materno durante más de 100.000 años”, explica el doctor Ricardo di Lazzaro Filho, fundador de Genera, donde incluso sostienen que la genética podría ser incidente a la hora de elegir pareja: “En la actualidad, diversos estudios demuestran cómo la genética juega un papel importante en el amor, especialmente los genes HLA y 5-HTA1”. La ruta del linaje paterno sólo está disponible para personas con sexo biológico masculino que cuenten con el cromosoma Y, un fragmento de ADN que siempre se transmite de padres con sexo biológico masculino a hijos con el mismo sexo biológico.

El test se hace por saliva y cuesta casi diez mil pesos. Quienes más suelen preguntar son aquellos mayores de 50 años, muchas veces a partir de la muerte de un familiar. También por salud: conocer el pasado genético puede servir para prevenir enfermedades hereditarias.

El apellido puede ser una forma de conectar con los antepasados. La Argentina tiene su “top five”, liderado por González (igual que en Paraguay, Chile y Venezuela), seguido por Rodríguez, Gómez, Fernández y López. Que no haya criollos u originarios también marca cómo fue la historia, colonización y aniquilamiento del país en estos siglos. Según un ranking de 2018 del Registro Nacional de las Personas (Renaper), el 6,5% de la población tiene en común alguno de esos cinco apellidos de origen español, asociados a la lucha, la guerra o la gloria.

La búsqueda genealógica no está exenta de dificultades. s El orden de los apellidos fue variando según los momentos históricos y las costumbres de cada lugar. También surgen dificultades para interpretar la letra, sobre todo en documentos de migrantes. Pueden encontrarse paternidades ficticias, fechas equivocadas, errores geográficos, o la repetición de nombres dentro de una misma familia que puede inducir a errores, como ocurrió en España en el siglo XVII, cuando varios hijos se llamaban igual.

El Test de Ancestralidad muestra estimaciones de parentesco basadas en la cantidad de ADN compartido entre dos seres humanos que se hayan realizado la prueba. Un González que vive en Rancul, La Pampa, podría descubrir que un González que vive en Colonia Wanda, Misiones, es un primo de tercer grado. Lazzaro Filho acota: “Todo ADN cuenta una historia. En los 10 años de Genera, más de 200 mil personas de Latinoamérica descubrieron sus orígenes y pudieron hacer mejores planes para el futuro».

Pero no todos los linajes en nuestro país son de origen español. En julio del año pasado el Ministerio de Ciencia lanzó el Programa Nacional de Referencia y Biobanco Genómico de la población argentina (PoblAr), que busca elaborar un mapa genético del país. El primer biobanco de referencia genómica nacional de Latinoamérica. A mitad del 2020, un grupo de 30 investigadores de todo el país identificó que en la ascendencia genética de la población argentina hay un componente que hasta ese momento no aparecía en las bases de datos mundiales. Es específico de la región de Cuyo, que posee un ancestro común con Patagonia y Chile. Se transformó en el cuarto de la ancestría nativa americana. En ese momento, Hernán Dopazo, especialista en genómica evolutiva y poblacional y uno de los fundadores de PoblAr, aseguró a la prensa que cuando alguien presume que todas y todos los argentinos somos de ascendencia europea, “queda claro con estos datos que no es así. Decir eso es generar una falsa imagen de lo que es un país. Si no sabes quién sos, tenés un problema”.