Para Einstein, “Dios no juega a los dados”. Una forma de decir que nada es casualidad en el Universo. Mucho menos en los meandros del poder mundano. En este Día de los Derechos Humanos, mientras en Oslo dos periodistas que recibían el Premio Nobel de la Paz hablaban de honrar a colegas que dieron la vida por su profesión -como pidió el ruso Dimitri Murátov, galardonado junto con la filipina María Ressa por las persecuciones de los gobiernos de sus países-, el Tribunal Superior de Londres autorizó la extradición de Julian Assange a Estados Unidos, donde el presidente Joe Biden culminaba una Cumbre por la Democracia.

Como se dijo varias veces en Tiempo, el periodista australiano está acusado de publicar documentos militares secretos donde se muestran las atrocidades cometidas por tropas estadounidenses en Irak y Afganistán. Cientos de miles de documentos verdaderos filtrados por funcionarios que creen en los valores que proclama la Constitución de ese país pero que en la práctica, comprobaron, son papel mojado. Y por eso arriesgaron el pellejo para que la población supiera lo que hacen las autoridades.

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Las escandalosas revelaciones aparecieron en julio de 2010, por acuerdos con Assange, en los medios más “serios y respetables” de Estados Unidos, Alemania, España, Francia y Gran Bretaña (The New York Times, Der Spiegel, El País, Le Monde, The Guardian), que incrementaron sus ventas y ganaron prestigio por “defender la verdad y la justicia” ante la ciudadanía.

Un poco por el clima de la época -recién asumía Barack Obama con su promesa de cambio que le granjeó también un Nobel de la Paz en 2009- y otro porque se confiaba en una tradición anglosajona de respeto por la libertad de prensa, todos se subieron a la ola hasta que comenzaron las persecusiones a Assange, con denuncias por supuestos delitos sexuales, por presunto maltrato a sus colaboradores o incluso bajo imputaciones de narcisismo y vanidad extremas. Todo sea por desprestigiar al mensajero para enlodar el mensaje bajo un manto de sospecha.

Assange pasó de hacer un prolijo trabajo de recopilación informativa a ser, para esos mismos medios que un día alabaron su tarea, “hacker”, “activista”, y la más sutil forma de “polémico fundador de WikiLeaks”.

Tras recibir el Nobel, Ressa declaró a la tevé que para ella “la filtración al por mayor de WikiLeaks en realidad no es periodismo”. Acto seguido, consideró que “un periodista tamiza los lados y sabe cuándo algo es valioso para la seguridad nacional y se niega a publicarla hasta que pueda verificar que personas como usted que pueden ser puestas en peligro por esa información están protegidas”.

El delito de Assange, confirma la mujer, fue publicar. El mismo argumento del gobierno de Obama, Donald Trump y ahora Biden, para ponerlo en la lista negra. No es casualidad: los críticos, tanto de Ressa como de Murátov, los acusan de que agencias occidentales aportan para los medios donde trabajan. El ruso hasta ironizó: «Si tenemos que convertirnos en agentes extranjeros por recibir el premio Nobel de la Paz, lo haremos».

Otra casualidad: el presidente del Tribunal londinense, Ian Burnett, es amigo de toda la vida de Sir Alan Duncan, excanciller de Boris Johnson, que encabezó la captura de Assange de la embajada ecuatoriana tras tildarlo de “pequeño gusano miserable”.