En el horizonte de la Corte Suprema de Justicia parecen emerger tres premisas de cara a las decisiones que tomará en los próximos días:

– Difícilmente el nuevo presidente sea Ricardo Lorenzetti, pese que desde hace tres años no ha dejado de trabajar un solo día en pos de ese objetivo.

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– El actual presidente, Carlos Rosenkrantz, todavía guarda alguna esperanza de reelección.

– Por primera vez salió a jugar fuerte Juan Carlos Maqueda, el juez designado durante la presidencia interina de Eduardo Duhalde, quien en diciembre próximo cumplirá 72 años y tiene todavía tres por delante para ejercer el cargo.

La sucesión de Rosenkrantz se resolverá en los próximos diez días, con mayores probabilidades para la semana hábil que comenzará el 27 de setiembre.

La interna en la Corte Suprema es un minué de modales cordiales en la superficie pero zancadillas y alfileres bilardistas cuando el rival está distraído. Como en el juego infantil del Antón Pirulero, cada cual atiende su juego y ahora, encima, se les configuró como escenario la situación política que se precipitó tras las PASO del domingo último.

La Corte siempre jugó al poder, pero ahora lo hace más. Especialmente puertas adentro.

Hace unos dos meses, Lorenzetti estaba seguro de que sería el próximo presidente. Les dijo a sus colegas que contaba con el apoyo de un sector importante del kirchnerismo, otro del macrismo y la venia del círculo rojo. Entonces -tal como lo sufrió hace tres años, cuando fue desplazado de la presidencia después de 11 años de construir poder-, quiso apurar las decisiones. Aunque faltaba para el final del mandato de Rosenkrantz, intentó que la sucesión se definiera anticipadamente e invocó esos respaldos por fuera de la arena estrictamente judicial.

Pero la Corte de hoy ya no es ese tribunal que supo liderar Lorenzetti. El golpe palaciego que lo desplazó no sólo produjo un cambio de nombres sino, fundamentalmente, una modificación de estilo: no hay decisión, por poco trascendente que parezca, que no requiera de la aprobación de tres de los cinco jueces.

Lorenzetti no tiene hoy tres votos que lo erijan como presidente de la Corte. Si los hubiera tenido probablemente hace rato habría recuperado la presidencia.

Carlos Rosenkrantz, el actual presidente que está en los últimos días de su mandato, reconoció en una suerte de “reportaje” con el periodista Joaquín Morales Solá que pese a su postura inicial, ahora considera que esa forma colegiada de tomar decisiones es lo mejor que le pudo pasar al tribunal.

Pero Rosenkrantz no fue a TN a hablar de ese nuevo estilo, ni a dar explicaciones por sus comunicaciones con el ex operador judicial macrista Fabián “Pepín” Rodríguez Simón. Fue a dar un mensaje para la interna, con destinatario especial en Lorenzetti: “Al presidente de la Corte lo eligen sus pares; ni la política, ni los medios de prensa”.

¿Está solo en esa postura? No, claro que no.  Algunas de las cosas que dijo en esa aparición por TV sorprendieron a sus colegas, pero esa, justamente esa, no.

Cuando Lorenzetti creía estar cerca de la presidencia, hubo un proyecto de ley para determinar que ese cargo se eligiera por orden de antigüedad. El diputado Emiliano Giacobitti, un hombre cercano al operador de la UCR Enrique “Coti” Nosiglia, y su colega, el ex ministro de Seguridad bonaerense Cristian Ritondo, presentaron la iniciativa, acaso pensando que –como siempre antes-  Maqueda (a quien le correspondía por ser el más antiguo) rechazaría el cargo y Elena Highton de Nolasco, cuestionada por su permanencia en el tribunal más allá de los 75 años de edad, no tendría espaldas para hacerse cargo de tamaño desafío.

¿Quién seguía en el orden? Lorenzetti.

Pero pasó algo imprevisto. Maqueda les hizo saber a sus pares: “Si las cosas van a ser así,  entonces soy yo”. Esa patada al tablero fue interpretada en las cercanías de Lorenzetti como la “bola negra” que le habían puesto sus pares.

A Lorenzetti tampoco le jugó a favor una nota aparecida en un portal que leen todos los jueces, maltratando a sus cuatro colegas y teniendo una mirada indulgente para con él. En un artículo reciente en La Nación, otra vez Morales Solá escribió sobre las “operaciones periodísticas”: “es una aberración, porque si es una operación no es periodismo”. Imposible decirlo más claro. La realidad… bueno, la realidad es otra cosa.

Todos estos entretelones tienen un estratega que, tal vez, termine siendo el próximo presidente del máximo tribunal: Horacio Rosatti. Fue él quien diseñó el ascenso de Rosenkrantz y el desplazamiento de Lorenzetti, quien aceitó sus relaciones con Maqueda y con el propio Rosenkrantz y quien desembarcó en la Corte para discutir y ejercer poder, y lo está haciendo.

¿El poder está en la presidencia de la Corte? Lorenzetti parece convencido de ello; para Rosatti, no pasa necesariamente por el título, la chapa o el sello.

Esa mirada es la que todavía deja un margen de duda sobre si será, finalmente, el próximo presidente de la Corte. Y allí radican también las posibilidades de una eventual reelección de Rosenkrantz, que hoy parece lejana pero en la dinámica del cuarto piso del Palacio de Tribunales es perfectamente posible.

En todo caso, todavía hay unos días más (de “consensos”, eufemismo que sustituye a la tradicional “rosca”) por delante.

“El desafío para la Corte, al elegir al presidente, es seleccionar a uno que esté a la altura del contexto, que ya era complejo y hoy se ha transformado en crítico. No en el sentido de negociar o permitir influencias de ninguna parte, sino de tener el equilibrio necesario para esta nueva época”, reflexionan quienes, más temprano que tarde, quemarán –cual elección papal- los papelitos de la fumata blanca.

La elección

El 30 de septiembre próximo termina el mandato de Carlos Rosenkrantz como presidente de la Corte Suprema. Quien lo remplace requiere del voto de al menos tres de los cinco miembros que tiene hoy el tribunal.