Todos nombramos a Mongo Aurelio, Magoya y Montoto con mucha familiaridad, sin saber quiénes son ni de dónde provienen sus nombres. También decimos “no me llores la carta”, calentamos el puré a “Baño de María” o usamos muchas expresiones cuyo sentido entendemos muy bien, pero cuyo origen desconocemos.

En Somos lo que decimos (Aguilar) , Charlie López cuenta la historia y las curiosidades de 300 dichos y expresiones que usamos a diario sin conocer la historia que hay detrás.

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En el prólogo, Luis Landriscina recomienda leer este hasta que “las velas no ardan”. Si seguimos su consejo, nos meteremos dentro de historias tan apasionantes como insospechadas.

Se dice que somos lo que comemos, que somos los que leemos…El título de tu libro dice  que Somos lo que decimos. ¿Por qué?

-Porque a través de las palabras revelamos nuestro origen, nuestras creencias, nuestras convicciones. Por ejemplo, alguien podría decirte “yo no soy petitero”. Eso ya te está hablando de una persona de cierta edad, porque esa es una palabra que ya cayó en desuso. Otra persona podría decirte “yo llegué e hice pata ancha” y eso habla de alguien relacionado con el campo, porque “hacer pata ancha” significa afirmarse para no perder el equilibrio cuando se hacían los duelos. También podríamos decir “dime cómo hablas y te diré cuántos años tienes” porque hay muchas palabras que uno recibió por vía oral de parte de los padres y los abuelos, pero muchas veces no se sabe de dónde vienen ni el contexto en que se utilizan. “Somos lo que decimos” quiere decir que al hablar, hablamos de nuestra cultura, de nuestro lugar de origen, de nuestra formación, de nuestra profesión.

Por lo general, entendemos el sentido de las frases hechas, de los dichos. Lo que la mayor parte de las veces ignoramos es su origen. Justamente lo que hacés en el libro es restituirles el origen, explicar de dónde vienen. ¿Esta restitución podría considerarse como una disciplina cercana a la filología que nos dice cuál es el origen de las palabras?

-Está cerca, aunque sería más apropiado hablar de etimología, aunque este término tiene mucho que ver con la formación de la palabra a través del tiempo. Aquí, en cambio, nos vinculamos con muchos otros hechos y situaciones como la Historia, la religión, etc. Los dichos vienen de muchas generaciones atrás, algunas de hace 2.300   años.

¿Podrías dar un ejemplo?

-Aunque está un poco caído en desuso, cuando uno busca su pareja ideal, se dice que busca su “media naranja”. Ahí tenemos que remontarnos a Platón, más de 300 años A.C., cuando uno de los disertantes en El banquete  explica que al principio los seres humanos eran perfectos, esféricos como naranjas, tenían dos cabezas, una mirando hacia cada lado, y también a cada lado tenían dos brazos y dos piernas. Pero un día Zeus se enojó y los partió al medio. Desde ese día, cada uno busca su otra mitad que, desde el punto de vista sentimental, sería su compañero ideal.

Es muy interesante, por ejemplo, la expresión “no dejar títere con cabeza”, que no todo el mundo sabe que viene del Quijote.

-Exacto. Y fíjate que Cervantes murió en el año 1616, el mismo año en que murió Shakespeare. En sus alucinaciones, Don Quijote creyó ver en una representación de títeres unos moros que perseguían a una pareja de enamorados. Entonces desenfundó la espada y les cortó la cabeza, es decir, “no dejó títere con cabeza”. Al principio, nosotros lo usamos para hablar de esa crítica un tanto jocosa que hacemos cuando somos cuatro y hay un quinto que no vino. Pero de un tiempo a esta parte también se utiliza la expresión para referirse a la persona muy afecta al sexo que trata de tener tantos amantes como sea posible. La cuestión es que la frase se usa, pero es difícil sospechar de dónde viene.

-También son muy interesantes los dichos como “andá a cantarle a Gardel”.

-Ese dicho es buenísimo. Es una frase que me encanta. Eschuché que van a hacer una serie sobre Gardel y seguro va a salir a luz algo que la mayoría de la gente no sabe y es que cuando Gardel murió en Colombia debido al accidente aéreo, durante cierto tiempo se trató de repatriar los restos. Los uruguayos dicen que Gardel nació en Tacuarembó y también los reclamaba. Entonces acá le pidieron permiso a su madre, Berta Gardés, que en ese momento estaba en Francia, para que se lo enterrara en Buenos Aires. Pero los trámites de repatriación llevaron muchos meses. Entonces aquí se armó una capilla ardiente en el Luna Park en febrero de 1936. Fue uno de los funerales con mayor concurrencia que hubo en la Argentina, incluyendo los de Eva Perón e Yrigoyen, que son los nombres que recuerdo en este momento. Cuando ya  se había preparado el panteón y los restos repatriados van Chacarita, se canta el tango Silencio. A partir de ese momento, surgieron muchos imitadores de Gardel que comenzaron a ir al mausoleo a cantar para rendirle homenaje. Desde entonces, como nadie se puede comparar con Gardel, una forma de decir “no sos creíble” o “sos un chanta”, es usar esa expresión como para indicar que alguien no es el auténtico Gardel, sino un imitador.

-Una expresión que ya no se usa pero que siempre me gustó y no encontré en tu libro es “chau, Pinela”.

-Traté de investigarla, pero no encontré documentación que avalara una historia. Hay algo que se llama “etimología popular” que es cuando a la gente inventa un origen. Tengo la suerte de que este sea mi cuarto libro sobre el tema. El primero, Detrás de las palabras, salió en 1993; luego vino En una palabra y, más tarde, ¿Por qué decimos? He dado charlas sobre el tema después de las cuales solía quedarse gente que me contaba historias fascinantes de las que muchas veces no encontré documentación. Recuerdo que una vez un señor muy serio que parecía ingeniero me preguntó si sabía por qué al motor de arranque de un coche se le dice “burro”. Como le dije que no, me contó que se le decía así porque la empresa  Burroughs, que luego se dedicó a la producción de computadoras,  fue la que fabricó los primeros. Yo me quedé con esa historia y en una oportunidad, estando en la Biblioteca de Nueva York, donde hice parte de la investigación para mi primer libro, busqué hasta cansarme y nunca encontré evidencias, aunque esa biblioteca es completísima. Acerca de “chau Pinela” encontré historias increíbles, pero nunca nada que me pareciera cierto. Por lo que para mí sigue siendo una incógnita.

-¿Recordás alguna historia increíble, pero cierta?

-Claro. Por ejemplo, en el fútbol  se dice del centrocampista que juega de “volante”. Yo no sabía por qué, hasta que me enteré de que había un centrocampista argentino que jugaba en Brasil que se llamaba Carlos Volante. Nunca se me había ocurrido que esa palabra venía de un apellido, es decir que fuera un epónimo. Algo similar ocurre con la palabra “atorrante”. A fines del siglo XIX se empezaron a hacer las cloacas y los desagües pluviales en la zona que hoy ocupa Puerto Madero. Los caños se importaron de Francia. Eran gigantes y se los dejaba a la intemperie durante mucho tiempo porque las zanjas se hacían a pico y pala. En ese período, los indigentes, la gente sin hogar, los usaban para guarecerse de la lluvia y del calor. Luego los empezaron a usar para vivir. A esa gente se la comenzó a llamar atorrante porque vivía en caños que tenían impresa la marca de la firma francesa que los fabricaba, A Torrant. “Atorrante” viene de allí.

-¿De allí podría venir el verbo “torrar” que se utiliza como sinónimo de dormir?

-Podría venir de allí y de allí viene también la expresión “se fue a parar a los caños”.

-¿Cómo nació el Ratón Pérez, personaje que es el que se lleva los dientes que se les caen a los chicos y que en su lugar les deja plata?

– El Ratón Pérez es parte de una historia que se escribió en España para el rey Alfonso XIII cuando tenía 8 años. Se le había caído el primer diente, entonces le pidieron a un sacerdote jesuita que, a su vez, era escritor, que escribiera algo para el rey. El sacerdote inventó  la historia de un ratón que se llevaba los dientes de leche de los chicos que dejaban debajo de la almohada y en su lugar dejaba una moneda de oro. En una calle de Madrid, Arenal N8 hay una placa que dice “Aquí vivía, dentro de una caja de galletas, en la confitería Prast,  Ratón Pérez, según el cuento que el padre Coloma escribió para el rey niño Alfonso XIII.” El cuento concientiza un poco sobre el hecho de que no todo el mundo vivía como ese niñito.

-¿Quiénes fueron Mongo Aurelio, Magoya y Montoto?

-Sobre ellos me han contado historias muy locas, pero lo cierto es que ninguno de ellos existió. Son nombres acuñados a nivel popular que la gente utilizó para referirse a personajes desconocidos. Algunos fueron popularizados por programas de radio, pero vienen del pueblo. A veces, cuando algo suena bien, la gente lo repite. Por ejemplo, el otro día alguien me dijo “hay monos en la costa” porque le sonaba así. La expresión es “hay moros en la costa” y tiene que ver con la expulsión de los árabes de la península ibérica. Lo mismo sucede con la expresión “desternillarse” de risa. Algunos dicen “destornillarse” porque la relacionan con algo conocido como el tornillo. Pero la expresión es “desternillarse” porque indica que cuando se ríe demasiado pueden romperse las “ternillas” de la mandíbula. Respecto de los nombres los  que sí tienen algún tipo de significado para hablar de gente desconocida son Fulano y Mengano. Fulano viene del árabe fulan que significa “persona cualquiera” y Mengano viene también del árabe man kan que significa “quien sea”.  Zutano viene del latín scitanus, que significa “sabido”, “conocido”. “Perengano” surge de la combinación de Pérez, uno de los  apellidos más comunes en el mundo de habla hispana, con Mengano. Se las utiliza siempre en el mismo orden: fulano, mengano, zutano y perengano.

-Lo curioso es que palabras que uno cree muy porteñas tienen origen árabe  o africano, como tamango.

-Bueno, precisamente la palabra quilombo es africana y de allí pasó a Brasil y luego al Río de la Plata.

– ¿Cuál es el origen de la expresión “llorar la carta”?

-Nací en Barracas y he visto yo mismo la acción de llorar la carta. Era una forma de pedir dinero u otro tipo de ayuda. El procedimiento era así: alguien mal trajeado se presentaba con tres chichos propios o “prestados” y a quien lo atendía le presenta la carta de un supuesto personaje famoso en la que hablaba de la terrible situación económica del portador y pedía por favor que, dentro de sus posibilidades, lo ayudasen. Mientras el que abría la puerta leía la carta, los chicos y el que llevaba la carta lloraban para conmover y  conseguir una dádiva.

La historia de las palabras y de los dichos es apasionante.  Muchas veces, me emociono cuando las investigo.