Como si la escritora boliviana Liliana Colanzi mirara la realidad con una lente que distorsiona, los seis cuentos que componen Ustedes brillan en lo oscuro (Páginas de Espuma), ganador del Premio Ribera del Duero, están impregnados de extrañamiento. Aunque quizá no se trate de una lente distorsiva, sino de una mirada que se dirige al mundo como si lo viera por primera vez y pudiera captar la extrañeza que la mirada rutinaria y automática de la mayoría ha dejado de ver.

Lo cierto es que la autora lee el mundo desde una óptica propia y muestra un presente catastrófico marcado por el abuso de los procesos extractivos, el peligro de la radicación nuclear y la soberbia del ser humano que, empoderado, parece haber perdido de vista su pequeñez, si se lo compara con el tiempo que tiene el planeta y las mutaciones que se produjeron en él. Alguna vez, la criatura humana no estuvo sobre la Tierra y puede volver a estar ausente de ella.

La ciencia ficción y lo fantástico son recursos que utiliza en algunos cuentos, no para hablar de un futuro lejano, sino de un presente palpable y doloroso.

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Aunque Ustedes brillan en lo oscuro es un libro de cuentos diversos, tiene una unidad. ¿Lo concebiste así?

–El primer cuento que escribí del libro fue «La cueva». Generalmente es el primer relato el que me da ciertas pistas para los cuentos que vienen después. Una de las características de «La cueva» que se va a repetir en otros de los cuentos como «Atomito» y «Ustedes brillan en lo oscuro» es esa estructura fragmentada, el narrar una historia desde distintos puntos de vista o de diferentes tiempos que crean un mosaico que cuenta una historia.

–La cuestión del tiempo se repite de diferentes modos.

–Sí, «La cueva» empezó con un deseo de querer aprehender una escala temporal superior a la humana, de tratar de imaginar distintos momentos de la historia que transcurren en un mismo lugar y de dar cuenta de la diversidad de seres que atravesaban ese espacio como los seres  humanos  pero, sobre todo, otro tipo de criaturas como los troglobios o seres pequeños como los escarabajos que vemos muy poco en la literatura y que para mí era un desafío incorporar a la ficción. Otro desafío fue ejercitar la imaginación y tratar de pensar cómo podría ser la vida en este planeta dentro de cientos de miles de años. Es más fácil hacer una ciencia ficción que imagine un futuro próximo porque tenemos coordenadas para pensar lo que será el futuro de aquí a unas décadas. En cambio, pensar cómo podría ser la vida en este planeta de aquí a mil o cien mil años es un ejercicio más complicado. Quería ver adónde me llevaba la ficción en este sentido. Es la estructura de este texto la que se fue irradiando a algunos de los otros relatos. Creo que otra característica que une los cuentos es que están vinculados a partir de geografías muy concretas. Son todas geografías latinoamericanas: México, Bolivia, tanto los Andes como el Amazonas y la ciudad de Goiânia, en Brasil.

–En poner al ser humano en la dimensión minúscula que realmente tiene creo que hay una intención política. Pensar qué lugar ocupamos en la naturaleza es replantearnos el modo de vivir.

–Efectivamente, al abarcar escalas temporales más grandes, la importancia del ser humano se reduce. Si bien en este momento somos la mayor fuerza de cambio en el planeta porque tenemos la posibilidad de transformar todos los ecosistemas, no siempre hemos estado aquí y tampoco hemos tenido en otros momentos una fuerza de impacto como la que tenemos ahora. Ensanchar la imaginación y volver a una época en que nuestra presencia no era tan importante, saber que nuestro lugar no ha sido siempre central es un ejercicio de humildad para cuestionar la hegemonía de lo humano que es la marca de nuestra época. En el marco del planeta y del Universo somos en realidad seres muy pequeños. En este momento tenemos un gran poder pero, a la vez, una gran responsabilidad. Para mí, mostrar un futuro de miles o millones de años donde no haya una presencia humana como lo hace «La cueva» es un ejercicio que permite ver cómo la vida está todo el tiempo reconfigurándose, mutando, desarrollándose en diferentes direcciones. Es un recordatorio de que no somos los dueños del planeta, no somos los dueños de todo lo viviente y que nuestro paso por la Tierra, si bien tiene consecuencias imposibles de negar, es un capítulo muy breve de la historia del planeta.

–¿En Ustedes brillan en lo oscuro, la ciencia ficción es un recurso literario que refiere a un futuro para hablar del presente?

–Sí. Todos los cuentos, por más que tengan elementos especulativos, tienen un fuerte asidero con la realidad y con sucesos del presente. Si hablamos de un cuento como «Atomito», que plantea un escenario distópico ciberpunk, la historia está conectada, por un lado, a un proyecto del gobierno de crear una central nuclear en la Ciudad del Alto y, por otro, las situaciones de represión militar y judicial que afectan a los personajes tienen relación con diferentes episodios de represión  que han vividos los alteños, el último en 2019. Hay una voluntad de abordar cuestiones políticas del presente.

–Algo similar ocurre con el cuento «El camino angosto».

–Claro. Narra la historia de los pobladores de una colonia en la que los habitantes no pueden salir de sus límites porque tienen un collar de la obediencia que se los impide. Esta colonia habla de un deseo de instalarse en el pasado, en un tiempo detenido. Es una comunidad que rechaza cualquier tipo de avance, cualquier tipo de disrupción de la tradición. Eso me hace pensar lo que está pasando en este mismo momento en Estados Unidos, donde vivo: hay un deseo de volver a una época en que las mujeres no tenían ciertos derechos, en la que sus cuerpos estaban controlados pues no había acceso legal al aborto. Hay un sector de la población que desea esa vuelta atrás, a una sociedad sin derechos. Aunque los escenarios que muestro son de ciencia ficción, en ese cuento hay una forma de entender el presente.

En “Los ojos más verdes” creo que estás planteando un problema latinoamericano como es la colonización.Allí aparece la negación de la propia identidad, el deseo de ser europeo.

–Sí, tiene que ver con ese relato de que venimos de Europa sin tomar en cuenta la parte indígena de nuestra identidad. Ese cuento habla de una niña que imagina su origen, un origen europeo conectado a la figura del padre, y que rechaza su propio color de piel, su color de ojos. Ella niega su identidad materna que la vincula con lo indígena. Y ese fenómeno, como lo has dicho, es un fenómeno bastante latinoamericano. Buscamos nuestro origen en Europa, negamos nuestras raíces indígenas. Esto lo trata muy bien un filósofo boliviano, René Zavaleta Mercado, cuando explica por qué Bolivia perdió la Guerra del Pacífico con Chile. Dice que las élites bolivianas sentían más afinidad con las élites chilenas que con su propio pueblo indígena por una cuestión racial, por el tema del origen y el vínculo con Europa.

–¿El cuento que le da título al libro nació de la noticia del accidente de Goiânia?

-Ese accidente ocurrió un año después del de Chernobyl, que tuvo mucha repercusión en los medios como así también una recuperación de las voces de las víctimas. Sin embargo, con el desastre de Goiânia lo que hubo fue un proceso de desmemoria, de tratar de enterrar el trauma de ese accidente por diversas razones. Una es que la ciudad de Goiânia quedó muy asociada a este incidente que provocaba miedo en el resto de la población brasileña. Se pensaba que las personas que habían entrado en contacto con el material radioactivo podían contaminar a los demás, obviamente, una creencia falsa. También quería dejarse atrás este episodio tan traumático para que la ciudad no quedara asociada con el desastre. Es así que en la ciudad no hay monumentos o plaquetas que conmemoren ese hecho. Apenas hay un graffiti que está incluido en el cuento, realizado por un artista anónimo, que da cuenta de lo que significó ese episodio. El desastre de Chernobyl concitó mucho mi atención. Leí con mucho interés el libro Voces de Chernobyl de Svetlana Alexievich, también leí mucho sobre la zona que fue contaminada y en la que los seres humanos no van a poder vivir por muchos cientos de años y en el que hay un paraíso radiactivo en el que algunas especies amenazadas han vuelto a florecer. Es una ironía que haya sido un accidente radioactivo el que dé pie a esta situación. Hubo un accidente nuclear mucho más cerca, como el de Goiânia, que no ha trascendido como el de Chernobyl. De lo que sucedió en Goiânia hubo dos imágenes que impactaron muy fuerte en mi imaginación. Una fue la del chatarrero que encuentra a la noche una luz azul maravillosa, a la que él se acerca fascinado por su belleza, sin saber que se está acercando a la destrucción y a la muerte. La otra fue la del cementerio nuclear de Goiânia en el que hay centenares de barriles en los que están enterradas las pertenencias de las víctimas, gente que abandonó su casa un día, de emergencia, si saber que nunca más iba a poder volver. Fueron relocalizados,  sus casas, demolidas, y los escombros, enterrados. Esa gente se fue sin poder llevarse una fotografía, una prenda de vestir, ningún tipo de recuerdo. Es muy fuerte pensar que esas cosas están enterradas en el cementerio nuclear y que van a pertenecer radioactivas  por los próximos 300 años.

–La lista que hacés en el libro de estos objetos es impresionante: desde fotos hasta huesos de las gallinas que tenían en sus casas.

-Es una forma de narrar la situación de las víctimas, aunque no se escuchen sus voces. Estos objetos son un testimonio de lo que ocurrió con ellas, de sus vidas detenidas, alteradas por una sustancia invisible. 

Lengua y resistencia

-En algunos casos los cuentos tienen un lenguaje mestizo en el que se mezclan vocablos del aymara y otros pueblos originarios con el castellano. Creo que también esto tiene un sentido político. ¿Cuál fue tu objetivo al incluir estas voces en tus cuentos?

-Las incluí porque ésa es la realidad de los países en que vivimos. El español está tomado, “manchado”, “contaminado” por una historia de colonización y de resistencia. La inclusión de estas palabras en idiomas indígenas da cuenta de ese fenómeno.

No solo tienen una función celebratoria de la diversidad, sino que también son una marca de lucha y de supervivencia de lo indígena dentro de un sistema que lo reprime, que quiere exterminar esa presencia.

En Bolivia hay 36 idiomas indígenas oficiales, pero muchos están desapareciendo. Hay muchas palabras que usamos en el lenguaje coloquial, en el habla cotidiana, que tienen un origen indígena, pero desconocemos cuáles fueron los pueblos que hablaron esos idiomas, porque se trata, en muchos casos, de pueblos que han desaparecido y lo que queda de ellos es apenas este rastro fantasmático en la lengua. Esos vocablos que incluí dan cuenta de esas tensiones dentro del idioma.