“Un libro digno de ser copiado”, dijo Georges Perec de un libro de Joe Brainard, Me acuerdo. Y no se quedó en las palabras. También Perec escribió un libro que se llamó Me acuerdo. Tomando como modelo a esos dos autores, la escritora mexicana Margo Glantz escribió Yo también me acuerdo. Recientemente Martín Kohan publicó su propio Me acuerdo a través de Ediciones Godot.

A diferencia de lo que sucede con el Quijote de Pierre Menard, no se trata de libros idénticos y, a la vez, superadores uno del otro. Lo que es idéntico es el mecanismo de escritura basado en una restricción: inventariar recuerdos de sus vidas, construir un listado sin ir más allá de la enumeración hasta constituir una suerte de catálogo de la memoria personal.

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Kohan dice que tiene dos grandes pasiones en su vida: la literatura y Boca. Su pasión futbolera es difícil de intuir, quizá por su apariencia de intelectual absoluto. “Es que creo que nací con cara de doctor –explica- lo parecía mucho antes de haber hecho el doctorado.”

En esta nota hablamos sólo de una de sus pasiones, la literatura, y de su libro más reciente. Lejos de cualquier pose de escritor, se le nota que hablar de estos temas lo hace vibrar auténticamente, como si estuviera en la cancha viendo el clásico River-Boca.

-¿Te planteaste escribir a partir de una restricción a priori?

-Sí, absolutamente. Yo no podría haber escrito un libro con recuerdos propios porque los materiales autobiográficos me desalientan completamente.

-¿Y eso no te pasa con la enumeración?

-No, eso me da muchísimas ganas de escribir.

-¿Qué cambia entre una cosa y otra?

-El procedimiento. Uno no está en estado de memoria, está en estado de “enlistamiento”. Y a mí me encanta Perec por muchas cosas y una de ellas es que adoro las listas. El Me acuerdo de Perec está mucho más cerca de otro libro suyo como Comí, donde hace el listado de todo lo que comió en un año, que de un libro de recuerdos, un libro de memorias. La autobiografía o la rememoración literariamente no me interesan, sí me interesan en la vida. En cambio, en la literatura, hacer listas me encanta.

¿Se puede entonces considerar la lista como un género literario?

-Sí, lo es.

-¿Y la enumeración genera un sentido?

-Absolutamente. Es algo que se parece a narrar pero no es exactamente narrar. Uno hace el listado de aquello que quiere narrar, pero no lo narra. Si narra, se pierde el efecto del listado. Definitivamente la lista es un género literario. Y ahora me acuerdo de otro libro de Perec que es Pensar /Clasificar que me fascina. El procedimiento tiene que ver con un cierto desapego. No solo no son libros de memoria personal, sin que en algún sentido son lo contrario. Los materiales son los de la memoria personal, todo lo que puse en el libro realmente me pasó. Los libros que tomé como referencia, Perec, Brainard no tendrían sentido si se falsea lo recordado. Todo lo que se dice es verdad, pero la relación que se establece con eso en la escritura no es de memoria y no es de afectividad. Al contrario, es un registro lo más despojado posible. A mí no me gusta el yo en la literatura. Me refiero al yo que se refiere a mí, el de otros, puede ser. Al escribir uno se da cuenta de que el yo se tiene que sustraer. El material es de la propia vida, los recuerdos son de uno pero al escribir, lo que uno tiene que hacer más que proyectarse subjetivamente es retraerse subjetivamente, sustraerse para que la lista sea una lista.


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(Foto: Gentileza Silvana Sergio)

La lista, además, tiene algo de la forma del recuerdo, que es como una sucesión de escenas. Los recuerdos nos asaltan, surgen sin intervención de la voluntad.  A la narración, en cambio, se la puede conducir más.

-Sí, y ni siquiera se trata de lo que se llama memoria involuntaria El recuerdo tiene lo que vos decís y, al mismo tiempo, cuando escribís, te das cuenta de que lo que convoca a los recuerdos es la escritura, su ritmo va haciendo que los recuerdos vengan. Hay una diferencia entre listar recuerdos y hacer memoria. Cuando hacés memoria funciona algún tipo de selección, algún tipo de jerarquización. Acá no hay nada de eso, hay que poner los recuerdos a medida que vienen y por el solo hecho de haber venido. A veces son decisivos, otras veces son triviales. A veces tienen importancia histórica o social, otras son absolutamente personales y para los demás no van a significar nada. Puesto a hacer una narración autobiográfica, en cambio, uno articula la dimensión personal con la general o colectiva. En fin, hace una serie de resoluciones que yo no haría ni a palos con mi propia vida. Sólo dejo que los recuerdos vengan y los registro como en un inventario. Aparece un número de teléfono, la muerte de Perón, una golosina… Se trata de registrar y contener la memoria

-Según el psicoanálisis uno reelabora los recuerdos, incluso hasta los inventa sin saberlo. Además, el recuerdo constituye un detalle de la propia vida y el detalle tiene mucho que ver con lo literario. A veces, un pequeño detalle dice más que un largo párrafo.

-Exactamente.  En mi caso hubo una decisión del armado de la escritura que fue atenerme a la infancia, no ir más allá de los 12 años. Eso que vos señalas, el mecanismo del recuerdo y el dispositivo de los detalles me parece que corresponden a la forma en que se registran las cosas en la infancia. Tienen que ver con la escala que se maneja en la niñez, donde lo grande y lo chico alteran sus proporciones respecto de lo que va a ser la mirada adulta y posiblemente uno quede fijado a pequeños detalles de la infancia.


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También trabajás mucho con las marcas. De chico querías una Parker, pero te compraron una Astor 303. Los objetos son muy importantes en la niñez.

-Sí, eso puede durar toda la vida y habría que ver hacía dónde se desplaza en cada edad. Pero como chico, no podía dejar de reparar en las lapiceras de los otros, en el equipo de gimnasia de tal compañero ligado a ciertos planos de significación que hacen que eso se grabe. Si somos todos menos uno o somos tres a los que se nos mancha el cuaderno porque tenemos una Astor 303, eso se registra. Un adulto haría una lectura en términos de status social que no digo que no estuviera, pero en el registro de la infancia podía pasar, por ejemplo, por el compañero que tenía la misma camiseta que yo les veía a los jugadores de fútbol. Eso cambió porque hoy es posible comprar una camiseta o una campera igual a la de los jugadores. Cuando yo era chico no era así. Pero había un compañero que tenía un equipo de gimnasia igual o suficientemente parecido al que yo veía en El Gráfico, pero el mío no era así. Eso es lo que hace que se grabe y, lógicamente, eso se objetiva en una marca. En una autobiografía de infancia se hubiera desarrollado la cuestión del deseo de parecerse a los jugadores, mientras que en mi libro sólo registro: tal tenía tal campera, yo no.

-Eso tiene que ver con el deseo.

-Sí, también de adulto hay cosas que uno quiere tener y no puede, pero no es igual. En la infancia eso genera una modulación de la fantasía. Hay situaciones que te marcan en la niñez y que son lo que está por atrás del recuerdo y por lo tanto, no entran dentro de un libro como Me acuerdo.

-¿Por ejemplo?

-El dictado. Tus compañeros avanzan sincrónicamente con la maestra que dicta y vos te quedás atrás porque se te hizo un manchón. La Astor 303 cuando la apretabas manchaba y los que somos nerviosos apretamos. Entones te largaba un lamparón de tinta. ¿Cómo no te va a marcar que el dictado siga y vos te estés atrasando? Los que tenían cuadernos Rivadavia borraban y seguían, los que teníamos cuaderno Gloria borrábamos y se nos hacía un agujero. Eso se traduce en el libro en Rivadavia y Gloria, punto. Uno estaría tentado de llamar a esto “pequeños dramas”, pero son pequeños porque uno los mira con ojos de adulto, pero en la infancia no eran nada pequeños.

-También aparecen en tu libro algunos recuerdos que son gráficos, porque de chico hacías publicidades. ¿Cómo vivías eso?

-En mi vida actual a veces vienen fotógrafos por alguna nota y me dicen que soy muy relajado. Entonces contesto que lo que sucede es que hago esto desde muy chico (risas). No es exactamente así, pero es verdad que de chico salía sobre todo en televisión.

-En el libro se ven las publicidades que hiciste para medios gráficos.

-Sí, porque son las únicas que pude recuperar. La publicidad que hice para Billiken salió en la revista Gente. Era un Billiken que venía con una lámina de San Martín. Treinta años después hice mi tesis de doctorado sobre la configuración de San Martín como Padre de la Patria.

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-No parece casual.

-No, es como un destino que, además, está en mi nombre.

-¿Y cómo fue tu paso por la publicidad televisiva?

-En años en los que había sólo cuatro canales, la publicidad se veía mucho. En el libro no hay nada del vínculo emotivo o afectivo con todo eso. Lo viví como algo que me gustaba hacer y esa es una actitud que mantuve durante toda mi vida: si me gusta algo lo hago y, si no, lo dejo. Desde lo económico tuve la posibilidad de sostener ese criterio casi siempre. Pero esos avisos no tenían que ver para mí con lo económico. Luego me di cuenta de que ahí debía de haber un dinero importante que no sé en qué lo usaron mis padres.

En la compra de una bicicleta según decís en el libro.

-Mi papá murió y mi mamá debate la cuestión hasta hoy. Dice que la bicicleta y las monedas de oro que me compraron demuestran que nadie se llevó ninguna plata que no le correspondía. Pero yo tengo una duda que es casi una certeza (risas). Hacer publicidad era algo que tenía que ver con mi abuela paterna que en una foto del libro aparece teniéndome en brazos. Era una aventura que teníamos los dos. El juego de complicidad con ella era fascinante. Lo pasaba bien y, además, salía en la tele. Hubo una publicidad que no me gustó hacer y era de una colonia que se llamaba Gelatti. Yo formaba parte de una familia en la que todos estornudaban por lo fría que era la colonia. En la escuela me pedían que estornudara como me habían visto hacer en la tele. Me cansé. Si quisiera correr el riesgo de hacer una sobreinterpretación psicoanalítica, diría que soy alérgico por haber estornudado de más en la niñez. «