Emiliano Purita –mediocampista, 25 años, ex San Lorenzo y Arsenal– estuvo a unas horas de llegar al FCV Farul de Rumania, cuyo dueño y entrenador es el histórico Gheorghe Hagi. Pero eligió otro punto del mapa para su carrera: Ucrania. A comienzos de agosto y después de haber quedado libre del Volos FC de Grecia, Purita firmó un contrato hasta 2025 con el Dnipró y es uno de los tres argentinos en la liga 2022/23 que empezó el 23 de agosto. Entre otras industrias y actividades, la guerra con Rusia había puesto en pausa a la pelota por ocho meses. «En el fútbol no repercute tanto el conflicto», cuenta Purita desde Kosice, Eslovaquia, donde el Dnipró se instaló para la vuelta de un campeonato dominado por magnates.


Dinamo Kiev es el último campeón y el que más títulos acumula en la historia. Dnipro lo goleó 3 a 0 en su debut. Con molestias en la rodilla, Purita acompañó desde afuera. Tampoco pudo estar en la victoria 2 a 0 ante el Veres Rivne que, hasta hoy, los mantiene con puntaje ideal y sin goles en contra. Con la número cuatro en la espalda, sólo pudo jugar 61 minutos en la derrota ante el AEK Larnaca de Chipre, que los eliminó de la Europa League en la fase preliminar. «El club iba a jugar esa competencia y era la oportunidad de cumplir un sueño. Prioricé lo deportivo y eso también suele traer un respaldo económico. Entendí que era lo mejor para este momento», explica sobre su desembarco en Ucrania, un país atravesado por un conflicto bélico con efecto global. Dinamo Kiev y Shakhtar Donetsk, ganador de 13 de las últimas 20 ligas, son los otros dos representantes ucranianos en competiciones europeas esta temporada.


«Mi llegada la vi como un crecimiento deportivo. Lo único que pedí es que se garantizara la seguridad para mi mujer, Alma, y yo», detalla sobre la negociación que lo llevó al Dnipró, donde comparte plantel con otro argentino (Domingo Blanco) y tres brasileños (Max Walef, Busanello y Wesley Braga). Eligió a un país donde el fútbol también está surcado por los intereses encontrados entre quienes defienden políticas nacionalistas y quienes aceitan sus vínculos con Moscú. «El deporte siempre ha sido un pilar social en Ucrania. En parte por la herencia de los años soviéticos, dónde se apostó por el deporte. Muchos medallistas olímpicos soviéticos eran ucranianos. Con la independencia, el deporte permitió al país posicionarse a nivel internacional, dar alegrías a la población», explica el español Toni Padilla, autor de Historiador en el estadio, un ensayo sobre la geopolítica en el fútbol.

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El regreso del torneo puede ser leído como una manera de retornar al 23 de febrero, el día previo a que Vladimir Putin anunciara el inicio de la «operación militar especial». «Al fútbol lo utilizan políticamente para dar un mensaje y hacer entender al mundo que tratan de volver a una normalidad», evalúa Purita. La primera imagen de la Liga 2022/23 ratifica la mirada del mediocampista que hizo inferiores en San Lorenzo y luego jugó en San Martín de Tucumán. Shakhtar Donetsk ante Metalist fue el partido inaugural, un 0-0 en un vacío estadio Olímpico de Kiev. El contenido estuvo a cargo del presidente Volodymyr Zelensky. Hubo discurso, jugadores envueltos en el amarillo y azul de la bandera nacional, minuto de silencio y el saque inicial en los pies de un soldado del ejército. Como en las cuatro sedes en las que se disputa el torneo, a 500 metros de la cancha había un búnker, una de las medidas del protocolo de seguridad. «¡Por Ucrania! ¡La vida ganará!», publicó la cuenta del Donetsk, un equipo que hace ocho años abandonó su estadio.
Padilla cuenta que Rinat Ajmetov, propietario del club y el empresario más rico de Ucrania, representa la esencia de los dueños del fútbol ucraniano: forjó su fortuna tras la caída de la URSS y acomodó su apoyo político desde una postura prorrusa a un floreciente nacionalismo que, incluso, lo llevó a mudar al Shakhtar de Donetsk –una región independiente, hoy reconocida por Moscú– hasta Kiev. «Ajmetov es un hijo de mineros que se convierte en millonario comprando minas y fábricas. Llega a la presidencia del club cuando su antecesor, un mafioso local, es asesinado con una bomba en el campo. Asume y lo transforma en el mejor club», apunta Padilla.


En su día a día, el fútbol local mira a la guerra casi como el resto del mundo: a través de imágenes en televisión, redes y la prensa. «Estamos muy lejos de donde sucede el conflicto. Pregunto y me informo pero la realidad tal vez es menos exagerada de lo que sale en los medios. No está todo el país en conflicto, sino solo la zona de la frontera cercana a Rusia. Dnipró, de hecho, tiene vida normal», relata Purita que llegó hace un mes a Kosice, ciudad provisoria –al este de Eslovaquia– que aloja el Dnipró. «El club está en un país vecino y eso es atípico, pero tratan de brindarnos todo, tenemos garantías y comodidad para trabajar», describe uno de los tres argentinos del fútbol ucraniano. Padilla señala la dimensión que aparece con el avance de la competencia mientras el frente bélico sigue abierto. «Con el regreso del fútbol -dice- se manda un mensaje de normalidad, de victoria ante las adversidades. De fortaleza. Un gesto simbólico de carga política. Cada partido se ha convertido en un acto nacionalista».