Link a la nota original en El Grito del Sur.

A lxs campeonxs mundiales de boxeo se los suele llamar «campeón/a» durante toda su vida. Es una especie de título vitalicio. Debe ser porque el recuerdo del campeón/a queda dando vueltas en el imaginario popular, pero también porque el campeón/a se sigue sintiendo un poco campeón/a. Pareciera ser que a lxs futbolistas nos pasa algo similar. La carrera termina, pero uno no puede dejar sentir-se futbolista. Lxs otrxs también un poco te siguen viendo así y te hacen preguntas del estilo: «¿Se arreglan los partidos?». Cuando ese paso por el profesionalismo se choca con la pasión que unx traía desde antes de ser un futbolista profesional, sale una mezcla rara. Una suerte de fanatismo racionalizado. Una combinación explosiva de toda la pasión de la niñez y la adolescencia, que se entrelaza con toda la información recopilada durante los años de protagonista. Todo lo que aporta el hecho de conocer el detrás de escena.

Y claro, para lxs que somos hinchas de Racing, este fin de semana fue especial. Una fecha tristemente célebre que difícilmente se borre de nuestras mentes. Hasta ahí todo bien (o todo mal, nos fuimos con una tristeza inconmensurable, vi llantos de todo tipo: de niñxs y de adultxs, pero nada por fuera de lo esperable). Uno guarda los vicios de cuando jugaba, esa equivocada tradición de chequear redes sociales (en otros tiempos, allá por el 2009, comprábamos el suplemento de ascenso del Olé, queríamos saber qué pensaba el diario sobre cómo habíamos jugado. Una vez recuerdo un partido en Corrientes, la CAI contra Boca Unidos, en el Nacional B. La rompí. El lunes el Olé me puso un 5; me acuerdo de que vi el diario en el aeropuerto. Un compañero de esos con experiencia me vio la cara de desilusión. Me cerró el diario y me dijo: «Tranquilo, no saben nada»).

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Las redes sociales marcaron una nueva era, una democratización anárquica, muchas veces violenta y anónima de las voces. Esa cloaca de opiniones donde se banaliza la violencia y se arrojan cualquier tipo de agresiones y acusaciones sin ningún reparo. Tengo la sensación de que algún día el Estado deberá en serio ponerse al frente de la regulación de los discursos de odio en las plataformas digitales. Como exprotagonista, y sin ningún tipo de reparo ni vergüenza, aseguro: cuando quieren hacer daño, lo hacen. Cuando quieren lastimar, lastiman. A nosotrxs, a nuestras familias y a nuestros seres queridos.

El día posterior al partido, Racing Oficial realizó un posteo de la cancha llena, pero lo que sorprende y entristece son los comentarios. Vamos a reproducir algunos. «Sigo esperando que nos pidan PERDÓN»; «IMPERDONABLES, SE CAGARON EN NOSOTROS»; «NI OLVIDO NI PERDÓN. NOS DESTROZARON. A SU GENTE, NOS HICIERON MIERDA»; «A ver si dan la cara el plantel de pecho fríos que tenemos».

Los comentarios giran en torno a dos grandes ejes: quienes exigen que jugadores, cuerpo técnico y dirigentes pidan perdón, y quienes hacen referencia a la falta de capacidad y temple de este equipo. Vamos a refutar ambas. Desde siempre estuve en contra de que el futbolista pida perdón cuando las cosas no se dan como se espera. El pedido de perdón está reservado para cuando hiere, lastima u ofende a una persona o un grupo de personas por una omisión o un acto manifiesto. Realmente, ¿alguien cree que es lógico tener que salir a pedir públicamente por no poder ganar un partido de fútbol? Y más, ¿alguien cree que hay alguien que recoge mayores beneficios que el futbolista, tanto materiales como simbólicos del hecho de lograr tamaña gesta?

No corresponde pedir perdón por no poder ganar un partido de fútbol, como hincha no me creo con ese derecho. Como jugador nunca creí tener que hacerlo. Porque pedir perdón es asumir que uno no dio todo lo que podía y eso, les aseguro, no ocurre. Pero les tengo una noticia, muchas veces unx lo da todo y no lo logra. No se da. Se aplica tanto para el fútbol como para la vida.

El segundo punto me preocupa aún más porque tiene que ver con la forma en que, como sociedad, evaluamos y elegimos nuestros procesos colectivos. Como hincha de Racing, si me preguntan cómo quiero seguir, sin duda contesto que por el mismo camino. El equipo salió primero en la tabla anual y estuvo a un penal de salir campeón; obviamente, algo le faltó. Quizás temple en algunos momentos clave, quizás algo de jerarquía en algún momento clave. Me acuerdo de chico ir a la cancha con mi viejo. Cada partido era sufrir. Jugamos promoción, el gerenciamiento, el vaciamiento del club, las instalaciones abandonadas. Recuerdo perder, perder y perder. Y no es una lógica del conformismo, es una ética de la memoria que, reitero, excede a Racing. Tiene que ver con la forma en que evaluamos los procesos colectivos; es decir, ¿qué clase de parámetros usamos como sociedad para medir la eficacia de un proceso? ¿Qué tan exitosos son estos exigentes hinchas en sus vidas personales? ¿Se pasan la vida saliendo campeones? Creo que acá hay un punto que excede al análisis deportivo y que podemos extrapolar a muchas de las cuestiones que vivimos como sociedad. Cómo encaramos los procesos, cómo los evaluamos y en arreglo a qué parámetros tomamos decisiones sobre aceptar o rechazar un proyecto.

Volviendo al fútbol, hay una vieja reflexión de Baruch Spinoza que aplica muy bien para estos casos. Cito de memoria: las personas suelen buscar las causas de las cosas por fuera de las cosas mismas. Por ejemplo, si se cae una maceta de un balcón y cae en la cabeza de una persona, se suelen buscar causas místicas o sobrenaturales. Pero en realidad la maceta se cayó porque ese día hubo viento, y esa persona pasaba por allí porque todos los días lo hace (o quizás nunca pasa y justo pasó ese día, no modifica el razonamiento). Y eso es todo, no hay más explicación que esa, dos hechos que se interconectan para producir una tragedia. Y si me preguntan por qué se erró ese penal, contestaría exactamente lo mismo. Porque sí, porque el fútbol es un juego y en los juegos pasan esas cosas. El futbolista decidió patear abajo a la derecha del arquero, y el arquero decidió tirarse hacia el mismo lugar. Esa coincidencia intuitiva entre arquero y pateador es lo que separó a este plantel de la gloria. Porque sí, es un juego, y en los juegos a veces pasan cosas increíbles. Les reto a que tiren una moneda al aire. La estadística indica que cada intento, independiente del anterior, tiene 50% de probabilidad de salir cara y la misma probabilidad de salir seca. Les apuesto que si tiran 100 veces se van a encontrar con rachas de 5, o incluso 10 veces seguida de una de las opciones.

Quiero hacer un párrafo aparte para el siempre infame periodismo hegemónico. Con el perdón del caso a lxs periodistas serios, que hay muchos. Me refiero a lxs que hacen esos programas violentos, a los gritos. Los que viven del negocio. Los que no entienden de ninguna otra ética que la del dinero. Los que pueden defender A o B con la misma pasión, siempre guiados por lo que disponga el dios rating. Esos que estuvieron toda la semana especulando con la honorabilidad de los futbolistas, que son los mismos que después se indignan, y hasta hacen reflexiones cuando suceden tragedias como la del Morro García. Lxs que llevan al fútbol al plano de vida o muerte. (Quiero acá recordar algo pasó inadvertido: a los jugadores de Aldosivi les quemaron los autos y todo siguió como si nada. Sí, les quemaron los autos. ¿Dónde estuvo el gremio? ¿Dónde estuvo la solidaridad de los colegas? No podemos continuar con la lógica del «siga, siga» y después lamentarnos cuando las tragedias ocurren).

La responsabilidad de bajarle un cambio a esto es de todxs. La pasión con la que vivimos el fútbol, el juego, pero también los colores y el folklore es de los valores culturales más grandes que tenemos como sociedad, pero si seguimos dejando que la violencia, el amarillismo, el negocio, los dirigentes que toman decisiones sin haber tocado una pelota en su vida y, si además lxs hinchas compramos esa locura, ahí sí, la violencia y el negocio se van a quedar con todo. Y ahí será la derrota final del fútbol y de nuestra pasión. Cuando los empresarios, las sociedades anónimas deportivas, la dirigencia cómplice y la barra brava -que es el crimen organizado- se apoderen del fútbol, ahí será el final. La derrota de ese hermoso patrimonio cultural que supimos construir.

Y claro, como lxs futbolistas demostraron su honorabilidad, y el juego terminó definiendo la suerte de cada cual, tuvieron que ir por otra operación. Hoy circulan un video de quien tomó la decisión y la responsabilidad de patear ese penal y hacerse cargo de ese momento límite buscando exacerbar el enojo de los enojados y la violencia de los violentos (en esos momentos límite, definen los futbolistas. El que se siente con confianza y sus compañerxs la convalidan, es quien se hace cargo. Galvan pateó el penal porque fue el que se sintió con más confianza para hacerlo). A esos que circulan este tipo de información, anacrónica y mal intencionada, no queremos verlos reflexionando ni vendiendo falsa empatía cuando las tragedias ocurren. Al final del día, es un juego. Probablemente, el más lindo y el más apasionado del mundo porque nos hace sentir cosas que uno no siente en otros lados. Pero un juego al fin. La vida va por otro lado y, si un evento deportivo termina determinando tu ánimo, tu humor y tu bienestar, no pidas que se replantee un equipo, replanteate tu vida. Y cuando quieran pelear contra los poderosos en serio, cuenten conmigo.

* Opinión publicada originalmente en la web El Grito del Sur.