Cuando se apagó la cámara se fue hacia un costado y miró por la ventana. Muchas cosas pasaron por la cabeza de Joaquín Furriel en esa jornada de rodaje, al sur del país, en el verano de 2016. Acababa de interpretar una de las escenas más complejas de El faro de las orcas, casi un monólogo confesional de su personaje en la habitación de un hospital. La escena estaba pautada para más adelante pero la imprevisibilidad del clima de la Patagonia obligó a cambiar los planes y a adelantarla.

A Furriel se lo avisaron de un día para el otro, preguntándole si estaba preparado para hacerla. «Claro que sí», dijo el actor que en su carrera interpretó personajes de variados matices en cine, teatro y televisión. «Naturalmente, siempre pude resolver estas situaciones. En tele laburás en tiro corto, de un día al otro», dice. Pero, claro, tres meses antes había sufrido un accidente cerebro vascular cuando estaba por subirse a un avión al regreso de sus vacaciones y, aunque tenía el alta, el miedo seguía. «Cuando terminó la escena me di cuenta de que podía, de que el susto que yo había sufrido y ese miedo que todavía sentía muy adentro, esa tormenta en la que había entrado, empezaba a despejarse». Joaquín se dio su propia alta, la que le permitió volver a pisar firme en un terreno que transita desde los 13 años cuando se subía a los escenarios de clubes de barrio y sociedades de fomento con la convicción de no querer bajarse más.

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Por eso, entre otros motivos, El faro de las orcas, el film dirigido por Gerardo Olivares que estrena el jueves y donde comparte cartel con Maribel Verdú y Quinchu Rapalini, no es para Joaquín una película más. Además de ser el film con el que volvió a trabajar tras recuperarse del ACV, es el que le permitió desplegar su espíritu viajero y aventurero, el que lo llevó a recorrer parte del mundo mochila al hombro visitando inhóspitos paisajes y practicando el montañismo del que tanto disfruta. En El faro… Furriel es Beto (Roberto Vuvas en la vida real), un guardafaunas que tiene un especial vínculo con los delfines oceánicos y quien recibe la inesperada visita de una madre con su hijo autista que cada vez que lo ve en documentales experimenta una profunda conexión con los mamíferos.

–¿Cómo llegás a esta historia?

–Habían pasado solo 15 días del ACV y, si bien no me quedaron secuelas y los médicos me habían dicho que había tenido mucha suerte, estaba empezando a entender que me había pasado algo muy feo y al mismo tiempo conectando con la vulnerabilidad de uno, con la finitud. Me llama mi representante y me dice: «Joaquín, hay una película para hacer en el verano, no sé si es el momento o no, pero leí el guión y entiendo que te puede hacer bien hacerla». Y cuando leí el guión me pareció el más amable que me tocó interpretar, en el sentido de las vivencias que ocurren, y me quedó la sensación de que iba a ser la primera película que podía ir a ver con mi hija de nueve años. Además, como trata el tema de la naturaleza, el autismo, la soledad, los encuentros, los desencuentros, me pareció que era la posibilidad de volver a ganar confianza. Para mí, esta película significa otra cosa, es la película con la que volví a confiar en que estaba bien. Porque una cosa es estar bien para hacer las compras, para salir a comer, para cocinar y otra cosa es estar bien memorizando un texto o transitando una ruta emocional en una escena.

–¿Cuáles eran tus miedos?

–Tenían que ver con cosas muy simples del trabajo de un actor: que la memoria no me funcionara como me funcionaba antes, que no tuviera la velocidad para resolver. Yo hice mucho teatro de texto, por ejemplo, cuando interpreté a Segismundo en La vida es sueño en el San Martín, sin poder improvisar, pero también hice tiras diarias que te exigen todo lo contrario. Siento que me había forjado una manera de trabajar donde tenía un registro interno de posibilidades bastante enriquecido.

–El accidente te sorprendió bien plantado en tu carrera

-Y, ya con 40 años, estaba muy conforme porque sentía que los años de preparación, el haber ido a un conservatorio, los cursos, empezaban a aparecer en varios personajes: en Hermógenes en la película El patrón (2015), en Valmora en la serie Entre caníbales (2015), El loco de Cien años de perdón (2016). Empezaba a tener la sensación de que haber hecho novelas, obras de teatro, haber hecho de galán, de villano, todo sin saberlo, fueron como piedritas que vas tirando en un lago que está quieto y se van acumulando. De repente empecé a sentir que tenía posibilidades como actor, que podía tomar muchas decisiones a la hora de encarar un personaje, para dónde ir, y en ese momento (risas) primero me fracturo la espalda jugando de una manera estúpida con mi hija que me deja estático durante dos meses y cuando hago todos los deberes y más y me mejoro, me voy de viaje y cuando vuelvo tengo un ACV.

–¿Y en qué cambiaste?

–Con lo que convivo después de la experiencia es con otra visión, aunque sigo siendo el mismo. Era muy esquemático. Cuando estudiaba en el conservatorio decía, «yo voy a hacer televisión después de hacer teatro» y, efectivamente, empecé con televisión cuando me llamaron después de verme en teatro. Siempre mi vida fue así «a los 30 me gustaría hacer esto», «a los 40, esto» y medio que los deseos se iban cumpliendo.

–¿Trabajabas a conciencia para perseguir tus objetivos?

–Sí, trabajaba muy a conciencia para estar donde me gustaba estar. Y lo del ACV me aportó una imprevisibilidad en la vida que me vino muy bien para aflojar algo muy estructurado que tenía y que era que las cosas solo se consiguen por medio de un gran esfuerzo y una gran decisión. Igual, en varios sentidos sigo siendo el mismo, estudiando cada personaje con mucha anticipación, preparándome. La varita existe para muchas cosas, desde ya, pero cuando tenés la posibilidad de trabajar, algo muy difícil en nuestro oficio, tenés que estar preparado. Yo siempre trato de valorar que tengo trabajo. Y me tocó trabajar con gente que honró mucho nuestra profesión como (Alfredo) Alcón, que tenía un gran valor por el actor. Y esto no tiene que ver con la subjetividad de los espectadores y si te gusta o no cómo actúa el otro, tiene que ver con la actitud de uno; desde mí voy a tratar de honrar lo máximo que pueda mi profesión porque la amé antes de ser actor.

–¿Pensás mucho el trabajo del actor?

–Me gusta. Cuando tuve el ACV mis amigos me decían «dejate un poco de joder, relajá, disfrutá», pero yo disfruto de esta manera. Disfruto pensando que tengo un plan de trabajo para componer un personaje y que tengo cuatro meses para prepararlo. Soy una persona sana, no fumo, no me drogo, no chupo, porque la paso mejor estando así. En este caso de Beto, yo lo que sentía era que lo que tenía que hacer era tratar de limpiar lo máximo posible la opinión interpretativa sobre el personaje porque hacía de un tipo que estaba ahí. Y me fui a Puerto Madryn y estuvimos una semana juntos y vivimos todas las etapas que se pueden vivir entre dos extraños al conocerse. Eso es parte de mi trabajo y lo disfruto.

–Más allá del título del conservatorio, ¿cuándo te empezaste a creer que eras actor?

–Desde siempre, desde los 13 años que empecé a hacer teatro y siempre tuve claro que estudiar era para mí. Tuve el beneficio de ser estudiante, algo muy importante porque te coloca en el lugar de no saber. Una de las cosas que a mí me estimuló mucho fue que a los 20 años me fui a un festival con alumnos del conservatorio en Georgia, que recuperaba la democracia después de cinco años de guerra civil y vi a los mejores actores del mundo. Charlaba con ellos y me daba cuenta de que lo único que había como base era un gran entrenamiento. Yo lo noto hoy cuando desde la butaca la veo a Marilú Marini. Desde muy chico tuve la posibilidad de admirar a ese tipo de actores, así que yo, con que arrime un poquito el bochín, estoy más que contento. «

La revelación de una foto

A los 16 años Joaquín Furriel cargó su mochila y se fue con amigos a Península de Valdés en un Renault 12 que manejaba el más grande del grupo. Cuando más de 20 años después el actor viajó para conocer a Beto, el guardafaunas que interpretaría en El faro de las orcas, le llevó muchas de las fotos de ese viaje y de varios otros para compartir experiencias. «Pensé que podía ser una llave de confianza para acercarme a su historia», confiesa el actor. Mirando las imágenes en la cabaña de Beto, donde Furriel se alojó una semana antes de iniciar el rodaje, el guardafaunas le dijo: «Esta foto es acá». Joaquín se había tomado junto a sus amigos una imagen en el acantilado donde está la cabaña en la que vivió el protagonista de la película. «Si ahora no llega casi nadie, imaginate antes. No sé por qué paramos el auto ahí porque el camino está a casi dos kilómetros de ese lugar», dice Furriel aún sorprendido de verse con el pelo largo y junto a sus amigos en el exacto sitio de la ficción. «Esto es una señal», recuerda que le dijo Beto y él también lo interpretó así. «Fue una gran conexión. Lo recuerdo como esos momentos donde extrañamente la profesión te está diciendo algo», asume.

–¿Creés en las causalidades?

–Soy un escéptico total, en todos los sentidos, pero de a poquito voy creyendo en algunas.