El sol apenas entibia y se cuela detrás de ese edificio que parece incrustarse en el celeste desteñido por un halo de nubes. El auto circula por la 9 de Julio. El pibe tiene siete años recién cumplidos y, desde el asiento trasero, conversa con su abuelo. Planean salidas inexcusables para las vacaciones de invierno. Extrañan la expedición al mar, siempre deslumbrante, del pasado verano y fraguan la próxima. Ese mundo es el más aproximado al edén.

El transito se espesa. El chiquilín fisgonea el horizonte y apunta su índice hacia esa mujer. «¿Quién es?», pregunta con candor y curiosidad.

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La imagen de Evita parece agigantarse en la cima del Ministerio de Acción Social. Es intrincado el paso por la avenida, la más ancha del planeta según el particular egocentrismo argento. El Metrobús llena algunos bolsillos y degrada la estética de esa ruta urbana. Además de ser un atolladero para una ciudad que, en realidad, requiere proyectos serios para evitar el colapso…  Pero no es momento ni lugar para zambullirse en ese tema.

El auto pasa cerca del campamento de movimientos sociales que reclaman al pie del edificio. Por esos asfaltos, incluso renovados, pululan los fantasmas de una de las más maravillosas demostraciones de amor de los tiempos políticos. Allí, hará 72 años el próximo 22 de agosto, más de dos millones, una concentración aún mayor a la del emblemático 17 de octubre, fueron testigos fieles del renunciamiento histórico de esa mujer. Tal vez las lágrimas de miles, tal vez su dolor físico y espiritual, tal vez el icónico abrazo que se dio con su marido presidente. Tal vez la energía infinita que generó desde el alma de una muchedumbre ansiosa, que soportó el desconsuelo infinito ante la proximidad de la inevitable muerte de su abanderada.

Esos asfaltos, ahora, una y otra vez son testigos de los reclamos de organizaciones, piqueteros, humildes, de los más necesitados… En esa mañana de sol tibio también había manifestantes. Los hay a menudo. Allí, en el Obelisco, en la Plaza de las Madres, en la del Congreso. Los hubo por esas horas mientras se conocían los números de inflación, los 5,3 de junio, los 64 del último año. Ellos lo sufren como nadie.

Mientras en las pantallas de la TV, aún la de los canales más progres, se replican los graf de lastimosas leyendas: “Circular por el centro porteño es un caos”. Como si fuera lo más importante. Ya no había sol y el frío no se disimulaba con nada.

Tampoco se disimulan los 17 millones de pobres. ¿Hace falta algo más para entender que esas calles porteñas y muchas otras se inunden de protesta, se abarroten de bronca, se colmen de angustia, se desborden de desazón? Miles pertenecientes a la izquierda; también muchísimos cercanos al gobierno. Este miércoles se replicarán esas marchas, ya con asistencia y apoyo de sindicatos. Hasta la CGT anuncia la suya para el 17 de agosto pero, convengamos, es lo más parecido a pura hojarasca.

La historia argentina está colmada de emblemáticas manifestaciones multitudinarias. Desde aquél 17, las de millones de adherentes en la previa a las elecciones del ’83 que muchas veces se reprodujeron pero nunca se igualaron; los conmovedores recuerdos de cientos de marchas relacionadas con la memoria, la verdad y la justicias, la mayoría con Madres y Abuelas en la vanguardia; las propias de cada gremio, con los dirigentes a la cabeza, o pidiendo las cabezas de ellos. Las majestuosas de las luchas de género, la ola verde, la diversidad… O cuando festejó el Mundial en dictadura o los otros mundiales, fuera de ella. Y las menos gratas, las de Blumberg, las de Malvinas, las caceroleadas derechosas, las de repudio a la 125, la de los antipandemia, las del campo y tantas otras promovidas y elevadas por la derecha.

Muchísimas de ellas desembocaron de cara a la Rosada, con el escenario en el balcón de Perón, que también lo fue de otros. Lo paradójico, lo sintomático, es que nunca fue de este gobierno.

La última vez que Perón habló allí, con la plaza a rabiar, fue el 12 de junio del ’74 en la despedida del “llevo en mis oídos la más maravillosa música…”. La anterior, el Día del Trabajador, cuando llamó “estúpidos” e “imberbes” a quienes gritaban: “Qué pasa General, que está lleno de gorilas el gobierno nacional”. Tal vez un grito de rabia comparable, aggiornado a los tiempos, podría oírse hoy si el peronismo convocara a escuchar la voz popular. Esa voz que llenó la plaza, que festejó, lloró, se emocionó aquel 10 de diciembre de hace dos años y medio, con la consigna candorosa del regreso.

La frustración pasó a ser el ánimo imperante. Pero los que marchan hoy no le hacen el juego a la derecha, como asegura algún caminante de esa casa pintada de rosa. Tal vez más complicidad tenga quien justifica la inmovilidad con la impotencia ante el poder real, el posibilismo resignado. Por caso, los que aceptan lo indispensable, urgente y necesario de un Salario Básico Universal pero responden que “no hay plata”. O los buenos modales para “honrar” los compromisos contraídos por el nefasto gobierno neoliberal que provocó el derrumbe de lo edificado en la década ganada, y más también.

Esos que marchan saben que la unidad es imprescindible. Pero que con la unidad no alcanza. Que una derrota en 2023 seguro nos llevaría a un desastre aún mayor que el registrado durante el macrismo: ellos sí que aprendieron la lección y volverán “mejores” (léase más eficientes para el mal). Pero el hambre apura y la resignación a abrazarse al mal menor no es fácilmente tolerable. Salvo que escuchen, urgente, antes de que sea demasiado tarde, a la gente que pisa las baldosas con el rumbo que marcaron los pañuelos blancos.

Son los que escuchan hablar mucho más de pujas en el interior del gobierno que de pujas distributivas. Son los que miran a Evita, allá arriba en la cresta del edificio, tan lejana, tan inalcanzable, tan olvidada y se les pianta un lagrimón.  

Son los que recuerdan lo que el General dijo por vez primera en agosto de 1943 en un discurso que pronunció en la Bolsa de Comercio, cuando aún era secretario de Trabajo y Previsión: “Mejor que decir es hacer, mejor que prometer es realizar”. Hablando de frases, “Primero la gente”, dice el gobierno en las publicidades de presidencia.

El pueblo, la gente que tantas veces transitó las callecitas porteñas en tono de reclamo. El pueblo, la gente, ya no como entelequia, sino como carnal marea pasional, enérgica y voluptuosa, emocionada, desinhibida. Sólo a veces, cada vez menos, emborrachada de alegría.