Las conclusiones de la investigación sobre la afectación de los ríos acaban de ser publicadas en la revista científica Science of The Total Environment, y aportan evidencia concreta sobre un problema que tiene consecuencias directas para las comunidades que dependen de esos cuerpos de agua.
El trabajo tomó como caso de referencia el incendio ocurrido en enero de 2021 en la zona de Las Golondrinas y El Hoyo, en la provincia de Chubut, que arrasó más de 13 mil hectáreas de bosque patagónico. Dos meses después de extinguido el fuego, el equipo comenzó un monitoreo continuo que se extiende hasta hoy. Compararon cuatro arroyos ubicados dentro del área quemada con otros de características ambientales similares que no habían sido afectados por las llamas, analizando la calidad del agua, la dinámica de nutrientes, la topografía y el tipo de vegetación afectada.
La investigación tuvo su correlato en testimonios de la comunidad. Según reconstruyó la periodista Lorena Roncarolo en el Diario Río Negro, tras el incendio una pobladora de la zona planteó su preocupación por el agua que consumía de los arroyos cercanos. Esa inquietud llegó al equipo del CIEMEP y se convirtió en el disparador del estudio. El mismo incendio había destruido 500 viviendas y causado la muerte de tres pobladores, por lo que el problema de la calidad del agua afectaba directamente a las familias que seguían viviendo en el territorio.
Lo primero que identificaron fue lo que los investigadores llaman “ventana de perturbación”: el período crítico que se abre con las primeras lluvias posteriores al incendio. En esa etapa, el suelo desnudo y la ceniza acumulada son arrastrados hacia los cursos de agua, alterando su composición de manera abrupta.
Durante ese período inicial, las concentraciones de fósforo llegaron a ser hasta 17 veces más altas que en los arroyos de referencia.

A medida que los niveles de fósforo comenzaron a bajar, el monitoreo detectó otro fenómeno: un aumento sostenido de compuestos nitrogenados, en particular nitratos. La explicación, según la investigadora Cecilia Brand, es que los procesos de transformación del nitrógeno en el suelo continúan activos después del incendio, pero la vegetación quemada ya no puede absorber esos nutrientes. El exceso se escurre hacia los cursos de agua, y el efecto es proporcional a la superficie de la cuenca afectada.
Este incremento prolongado de nutrientes puede modificar las tramas tróficas del ecosistema acuático y, en última instancia, afectar la calidad del agua para consumo humano.
Uno de los resultados más llamativos del estudio fue la detección de metales pesados no solo en los arroyos quemados, sino también en los que habían quedado fuera del área del incendio. La hipótesis del equipo es que las partículas generadas por la combustión fueron transportadas por el viento y se depositaron de manera relativamente uniforme en toda la zona, sin respetar los límites del fuego.
Los ríos y arroyos de la región andino-patagónica son fuente de agua para comunidades rurales, sostén de actividades productivas y base de ecosistemas que tardan décadas en recuperarse. La investigación del CIEMEP aporta datos concretos sobre una cadena de daños que comienza con el fuego pero se prolonga mucho más allá, y subraya la necesidad de incorporar el monitoreo de cuerpos de agua como parte integral de la respuesta institucional ante los incendios forestales.