A mediados de junio, a través de las redes sociales y la televisión, empecé a ver lo que estaba ocurriendo en Jujuy: la huelga docente en reclamo por aumentos de sueldo (el básico vergonzoso de 35 mil pesos) a la que pronto también se sumaron gremios, comunidades indígenas, mineros, estudiantes y gauchos cuando la noticia de la reforma exprés de la Constitución empezó a correr.

En esos días, también me enteré que una colega, Susi Maresca, gran fotógrafa y militante social, estaba allá, y casi al mismo tiempo que empezaron las represiones, las torturas y las multas por sumas irrisorias a quienes participaron de la marcha, empecé a mirar sus posteos. Las imágenes eran impactantes: las místicas calles jujeñas que tanto me habían enamorado cuando las conocí por primera vez a los 18 años, ahora se teñían de caos y de violencia. Se me cruzó la idea de cubrir lo que estaba pasando, pero me dio miedo ir. 

A mediados de julio, este diario, Tiempo Argentino publicó una nota que me impresionó: Camila Muller, docente y artista jujeña, había sido torturada en su casa por participar de la manifestación. “No viví la dictadura, pero creí que me chupaban”, denunciaba. Ese artículo me hizo terminar de entender que lo que se estaba viviendo en Jujuy era realmente una dictadura.

Los últimos días de julio, el Tercer Malón de la Paz partió desde La Quiaca. Recorrieron distintas provincias, casi dos mil kilómetros a pie y en micro, hasta que el primero de agosto llegaron a Buenos Aires.

Los reclamos eran muy concretos: que la Corte Suprema se expida sobre la inconstitucionalidad de la reforma (porque fue aprobada a espaldas del pueblo, porque refuerza el poder del gobernador, porque limita y criminaliza la protesta social y porque habilita el avance de la propiedad privada sobre territorios en disputa), solicitar al Congreso de la Nación la intervención de Jujuy, que el Congreso elabore y sancione la Ley de Propiedad Comunitaria Indígena y el cese de la represión.

Ese día fui al Obelisco a recibirlos. Que la llegada haya sido en esa fecha fue significativo, no solo porque es el día de la Pachamama, sino también porque ese mediodía los efectos de la crisis climática se manifestaban una vez más de manera muy evidente en Argentina: si bien era pleno invierno, la temperatura llegaba casi a los 28 grados.

El día que llegó el Malón

Ver caminar a los y las maloneras con sus wiphalas y con esos colores tan característicos del norte por la avenida principal del centro porteño, repleta de autos modernos y carteles gigantes de publicidades, me pareció una escena casi surrealista. La primera persona de la fila era una doña (luego supe que su nombre es Salustiana) que caminaba un poco más adelante que el resto, llevaba puesto un poncho, un sombrero, y cantaba a viva voz cada una de las canciones de la marcha. Eso me recordó algo que yo en realidad ya sabía: el rol de las mujeres dentro de la cosmovisión indígena siempre fue algo muy potente y sagrado.

Unos días después, visité por primera vez el acampe del Malón en Tribunales. La situación no era fácil porque recién llegaban, la gente no se acercaba demasiado, y tanto en los medios de comunicación como en la calle ya se empezaba a respirar ese gran racismo estructural que lamentablemente como sociedad todavía nos caracteriza. Al principio me costó salir de casa: me sentía con poca energía, entre triste y con rabia por todas las cosas que vienen pasando a nivel social y también mundial. Pero junté fuerzas y fui. No sabía bien qué llevarles, qué necesitaban, así que agarré algunas cosas que tenía en casa y también compré un vino.

Ni bien llegué, me puse a conversar con ellxs. De fondo, sobre un escenario, un músico tocaba la guitarra y cantaba una canción contra Gerardo Morales. La gente filmaba con los celulares, reía y bailaba. Ver eso hizo que la pesadez se vaya pasando. Abrí el vino y les pedí a las maloneras si podían convidarme unas hojas de coca. Me pareció que eso iba a darme más energía y me iba a hacer sentir más unida a ellas.

Mientras el gusto amargo se me disolvía en la boca, se me ocurrió preguntarles qué era lo más urgente que precisaban. “Un baño químico”, me contestaron. Increíble, pensé, ¿cómo puede ser que toda esta gente que se vino caminando desde Jujuy no tenga un lugar a donde ir al baño? Me pareció que tenía que hacer algo al respecto.

Al día siguiente empecé a mandar mensajes a colegas, a políticxs, a conocidxs, a todo el mundo. Algunxs me contestaron y otrxs no. Pero esa misma noche, en menos de 24 horas, el PTS instaló dos baños químicos en el acampe. Por más pequeño que sea, creo que lograr eso fue algo. Y, sobre todo, también creo que fue una gran enseñanza: hay que insistir, insistir e insistir. Y cuando te cansás, seguir insistiendo. Como hacen los pueblos originarios hace más de 500 años: insistir, luchar, resistir, darlo todo hasta el final. Esa noche me fui a dormir un poco más optimista.

Primera semana sin respuestas

Se cumplía la primera semana de permanencia del Malón en Plaza Lavalle, y más allá de una reunión en Diputados en la que las comunidades pudieron denunciar las sistemáticas violaciones a los derechos humanos que vivieron, la indiferencia del poder político, más pendientes de las PASO que de cualquier otro asunto, y de los medios de comunicación (a excepción de algunos independientes como Mu y medios jujeños), sumado al ninguneo del poder judicial, empezaba a resultar desesperante.

Urgía la necesidad de armar una organización periodística que rompa el gran cerco mediático, político y judicial impuesto, pero ¿cómo articularlo? Mientras debatíamos eso con un colega amigo y con un periodista jujeño que acabábamos de conocer en la plaza, las comunidades ya habían tomado una decisión: el comienzo de una huelga de hambre de dos de sus integrantes que habían logrado ingresar a la entrada de la Corte y se encadenaron en sus escalinatas dispuestos a permanecer allí el tiempo que fuese necesario.

“Hace una semana que estamos, llegamos hasta acá dejando nuestra familia, nuestro trabajo, nuestros animales. Soportando el frío, el calor, sin poder siquiera poner una carpa para resguardarnos ni cuidar nuestras cosas, ¿qué más tenemos que hacer para que nos escuchen? Se preguntaba Salustiana. Y aseguraba: “Este es el palacio de la injusticia, porque no hay otra manera de llamarlo”. Esa misma noche, Salustiana también se sumó a la huelga de hambre para acompañar a sus hermanos.

La medida pronto tuvo efecto y las primeras cámaras de televisión llegaron a la plaza. Al día siguiente, también fueron algunas organizaciones sociales a manifestar su apoyo. Y finalmente, ante la promesa del Gobierno de formar una mesa de diálogo para dar cauce a los reclamos una vez pasadas las elecciones, lxs malonerxs decidieron dar por terminada la huelga de alimentos luego de 72 horas de ayuno.

Una tarde de frío

Por esos días participé de una conferencia de prensa de medios indígenas y populares de Jujuy en el Servicio de Paz y Justicia (Serpaj). Periodistas que vinieron desde allá para visibilizar la permanencia del Malón, denunciaban la violencia y la censura que habían vivido en San Salvador por ir a cubrir las manifestaciones. Sus relatos me estremecieron. Francisco Pandolfi, colega de la revista Mu que estuvo presente en todo momento desde la llegada del Malón, escribió sobre esa conferencia: “La interpelación al poder mediático no es porque sí. Hay más medios jujeños que medios masivos con sede central porteña. Debería ser un escándalo. Lo es.”

Ese día, Maxi Goldschmidt, querido amigo periodista, me envió un mensaje para preguntarme si podía conseguir un proyector para pasar un documental sobre el litio en la plaza. En eso andábamos cuando una represión absurda en el Obelisco, llevada a cabo por el Gobierno de la Ciudad, terminaba con la vida de Facundo Molares, un militante social que participaba de una pequeña manifestación para denunciar “la farsa electoral”. La fórmula represiva del Pro Larreta-Morales iba cobrando cada vez más fuerza, y la rabia y la conmoción de quienes de alguna u otra manera nos enfrentábamos a esas injusticias, nos desbordaban.

Al otro día se realizó una marcha de repudio, y al llegar me sorprendí de ver a varixs integrantes del Malón con sus banderas entre algunas organizaciones sociales. De algún modo, pensé, esa podría ser la forma de agradecer el apoyo y el cariño recibido de la gente autoconvocada en todos esos días.

Ese fin de semana se realizaron las PASO en todo el país y la dupla conformada por el gobernador de la Ciudad de Buenos Aires y el de Jujuy, a pesar de haber apostado a la mano dura durante toda la campaña y de haber invertido millones de pesos en publicidad y difusión, terminó con una rotunda derrota. La pregunta que quedó en el aire fue cuánto de ese fracaso tuvo que ver con el Malón de la Paz y con el crimen de Facundo Molares.

La semana siguiente, la ciudad amaneció convulsionada por una lluvia torrencial. Por la mañana me escribió Maxi: “No pude dejar de pensar en el Malón toda la noche”. Le contesté que yo tampoco. Un día como ese, la prohibición por parte del Gobierno porteño de instalar carpas en la plaza, se convertía en un verdadero crimen.

Los días siguieron con la permanencia inclaudicable de las comunidades originarias y sus reclamos desoídos frente a Tribunales. Con más conferencias de prensa, marchas y asambleas comunitarias. Pero también con más calor, más frío y más lluvias. Con mucha gente autoconvocada apoyando, pero, a su vez, con la enorme soledad que genera la ausencia de quienes deberían estar dando respuestas.

Un mes persiguiendo Justicia

Una mañana llegué a la plaza con la idea de hacer una transmisión en vivo para la radio y me encontré con dos policías de la zona que se habían acercado a la gente del Malón para conversar con ellxs. En sus manos tenían una fotocopia del decreto presidencial publicado esa misma mañana en el Boletín Oficial, que anunciaba una medida a favor de las comunidades, y mientras lo leían por arriba, les preguntaban a lxs integrantes del Malón sí ahora sí iban a alegrarse.

Al principio fue todo un poco confuso, pero pronto fuimos entendiendo mejor: Alberto Fernández se había hecho eco del reclamo de lxs originarios y dictaminó la formación de una comisión para que investigue los abusos y la violencia institucional cometida en Jujuy. Si bien el flamante decreto no cumplía con los objetivos concretos que habían traído las comunidades, resultaba un paso importante para fortalecer la lucha.

Al día siguiente se cumplía el primer mes de la permanencia pacífica del Malón en Buenos Aires, y Francisco envió su nueva nota a varixs de sus contactos. En ese artículo el periodista de Mu describe, con mucha sensibilidad y lucidez, una síntesis de todo lo ocurrido en esos días. El texto termina con un testimonio de Johana Arce, joven originaria jujeña, contando su historia, que es, a su vez, la historia de muchxs:

“Alrededor del 2000, en Ledesma, a mí y a varias familias más, nos desplazaron para plantar caña de azúcar, y con mis papás nos tuvimos que venir para Buenos Aires, primero a Ciudad Evita, debajo de un puente, y después al barrio Carrillo, en Soldati. Eso mismo es lo que genera esta reforma de Morales: desplazamientos forzados que nos hacen perder nuestro territorio y nuestra cultura. La reforma es la pérdida del territorio, es la pérdida de la identidad, y por eso estamos acá con el Malón: porque seguimos buscando la manera de recuperarla”.

Cuando terminé de leer, se me llenaron los ojos de lágrimas. Mientras escribo esto, me entero que en la plaza se rompió la canilla callejera de la cual las comunidades juntaban agua para hacer el desayuno y el almuerzo, y que ahora están reclamando por su restauración.

Un rato más tarde, Eva, una de las integrantes del Malón con quien mantuve comunicación constante todo este mes, me envía la nueva noticia del día: la justicia federal de Jujuy rechazó el pedido de habeas corpus realizado por el premio Nobel de la Paz Adolfo Pérez Esquivel, el Serpaj y distintos organismos de derechos humanos para cuidar a las personas que se manifiesten en las calles o las rutas de la provincia.

“Según el juez Esteban Hansen ‘no existe amenaza, ni peligro, ni abusos de autoridad, ni agresiones físicas o psicológicas, ni restricciones a la libertad ambulatoria de los protestantes’. A su vez, la justicia federal jujeña asegura que en la provincia ‘existe estado de derecho’”.

Una vez más, el Poder Judicial de Jujuy vuelve a desestimar, a desmentir y a negar todas las pruebas que confirman los métodos abusivos, represivos y violatorios de los derechos humanos cometidos por las fuerzas de la provincia en todos estos meses.