La brisa no llegaba del Golfo Pérsico sino del río color de león. No era el Áhmad bin Ali de Rayán sino el Monumental de Núñez. No estaba por acabar 2022 sino 1993. La camiseta era la mismo, como el amor por la pelota. Los Dioses siempre lo supieron.

Maradona calzaba la 10 y enfrente estaba Australia. No era la fase final de la Copa sino el repechaje clave para USA 94. Tras un duro 1-1 en Sydney, ya en River, Batistuta había clavado la diferencia mínima de chiripa. Restaban segundos eternos y hasta los «canguros» buscaban la paridad. Un país entero se acurrucaba en la angustia. Un equipo se debatía en una energía que escaseaba. Pero ese 10 expuso el corazón, otra vez su pasión gigante. Agarró la pelota, se hizo dueño, incluso se fue por el lateral para esconderla, para que el reloj diera vueltas, para que llegara el final, la clasificación, el desahogo… Uno de sus tantos regresos, una de sus tantas hazañas.

Pasaron casi tres décadas. En Qatar, otra vez el rival oceánico, otra vez un final del partido con Australia zambulléndose de cabeza para quebrar el triunfo argentino, para arruinar fiestas. Y este otro 10, cuando el equipo no encontraba la estrella en el desierto que señalara el camino, y él mismo apenas trotaba sin resquicio visible, se despertó. Como ante México, cuando todo era oscuro y prometía ser negro, encontró la claridad. En el partido 1000 de su carrera abrió por sexta vez un partido en mundiales, lo que ni el propio Diego hizo, y ahora tiene un gol más que él en las Copas.

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Ahí el pleito se vislumbraba sencillo por las carencias de un rival inferior. Pero el fútbol, cada vez más imprevisible, llamó a la puerta de la urgencia cuando un zapatazo hizo carambola y la diferencia quedó en un mísero gol, justo cuando la Selección agotaba la escasez de sus reservas físicas.

Fue él, entonces, tan cansado como sus cumpas, quien tomó la lanza. En una gambeteó a medio equipo y se la sacaron del buche. Dos veces se la dejó servida a Lautaro, en otra se la llevó por delante por extenuado. Pero la siguió pidiendo, la puso bajo la suela, se hizo líder. Otra vez hizo recordar a Diego.

Es que toda la memoria del fútbol está en sus pies y en su corazón; en la mente y el corazón de De Paul; en el oportunismo y el corazón de Julián; en la reacción y el corazón de Dibu. Sí, con más corazón que fútbol, la Selección avanza y alimenta la ilusión. «